—¡Qué reguapa estás! —la dije con admiración al cabo de un minuto.
—¡Zalamero, invencionista! —contestó estrechándome con furia.
No era zalamería, no. Nunca la gallarda escultura de su cuerpo ostentó líneas más firmes, ni su cara más hermosa palidez, ni sus labios remedaron mejor a la granada madura, salpicada de gotas de leche. Acaso me pareció más bella por mi estado de alma, y en mis ojos, sedientos de vitalidad, era de donde se reflejaba tan magnífica y tentadora la gran mujer. Sorprendida en el deshabillé más incorrecto, Belén calzaba chapín de raso, vestía un faldellín de peluche carmesí con encajes negros, y sobre su arrogante busto ceñíase una pañoleta de rejilla atada atrás. No me cansaba de tocar sus brazos firmes, sus apretadas carnes, murmurando con idolatría:
—¡Qué sana estás... qué fresca y qué guapetona!... Te mordería lo mismo que si fueses un albérchigo.
—No... —tortoleaba ella en voz arrulladora—, no, trapacero, si tú no me quieres a mí... Sino que vienes de allá, no me has visto hace tiempo, y taentrao capricho... Lo conozco que taentrao...
Cuando la dejé respirar un poco, me reveló el secreto de la desaparición de los muebles.
—Una pastelá. Que Armiñón se casó con una prima suya, viuda, ricachona... y no le suelta. No, él, como portar se ha portado a lo caballero: me regaló una cantidad redondita... mil duros en cuatros. Dice que viva con eso y que sea de hoy pa endelante mujer de bien. ¡No parece sino que antes era una cualquier cosa! Me dio horror de consejos... Que vendiese los muebles, la ropa y las alhajas; que despidiese a aquella doncella tan finica y me mudase a un pisito... En eso le atendí, porque..., mientras no se tercia cosa de provecho..., este cuesta mucho. Hoy por la mañana han venido las prenderas y arramblado con la sala toda. Pero aquí, en mi gabinete y mi dormitorio, no se ha tocado aún a cosa ninguna. Y me alegro, ya que la Virgen de la Paloma te trajo esta noche. ¡Qué morenillo vienes, pedazo de gloria! ¡Así me gustas requetemás!
Habría transcurrido cosa de media hora, cuando..., ¡oh naturaleza insaciable, molino que no se para nunca!, dejaste oír tu voz allá en el fondo de mi estómago vacío... Bien recordarán ustedes que no había probado alimento en casa del tío Felipe.
Mis mandíbulas se desencajaron con histérico sollozo; veló mis ojos leve niebla; noté como si me barrenasen, y un desfallecimiento se apoderó de mí... La individua me contemplaba con inquietud.
—¿Qué te pasa? ¿Estás malito?