En el portal respiré.

—¡Ay, Saúco! —dije—. ¡Qué oficio el vuestro!

—Parece que te hizo impresión la visita de don Felipe... —murmuró el doctor—. No me extraña. El que no está familiarizado con ciertos males... ¿Y qué tal el episodio de hoy? Es la forma anestésica, la muerte de los tejidos: los nervios se destruyen completamente, de manera que tu tío pudo quemarse el pie enterito sin notarlo, hasta que el fuego llegase a la parte sana... Te digo que esta enfermedad es pavorosa. Pero ya se le ha curtido a uno la piel. ¿Quieres venirte a Apolo a oír una pieza?

Accedí. Me iría a cualquier parte, con tal de distraerme, de no pensar más en las miserias de nuestro infeliz organismo. Saltamos del tranvía y nos bajamos ante el vestíbulo de Apolo, que la luz eléctrica alumbraba con claros resplandores. Acababa justamente de alzarse el telón, y representaban una de esas piececillas inmortalmente bobas, en que un tío procedente de Cuba llega de pronto a sorprender a un sobrino, suponiéndole casado y padre de familia, mientras el pillín del muchacho se ha mantenido soltero. Al anuncio de la venida del pariente ricachón, unas complacientes amiguitas se prestan a improvisarle al sobrino hogar completo, con mujer, suegra, cuñadas y chiquitines, a fin de que el de los ingenios (estos tíos antillanos de comedia siempre poseen ingenios a patadas) se enternezca y no retire su protección al calaverilla. En los quid pro quo a que da lugar la suposición de estado civil, consiste toda la sal de la pieza, bien reída por el candoroso público. Iba comenzando a enterarme del imbroglio, cuando por poco me arranca un grito la presencia de la actriz que salía sacudiendo los muebles con un plumero, en el papel de maritornes... No cabía duda: a pesar de la cascarilla y del colorete, conocí a Cinta, que realizaba al fin sus aspiraciones de «artista lírica», si bien en la esfera más humilde.

Puedo asegurar que mientras no vi a aquella criatura, ni me acordaba de la existencia de su hermana, la buena moza Belén, que me había distinguido siempre con constantes e inmerecidos favores. Su recuerdo, de ordinario indiferente, o punto menos, para mí, me produjo efecto extraño, no sentido jamás: algo que se parecía a la efusión, mitad romántica y mitad ardorosa, de un corazón joven que aspira impetuosamente a la dicha... Mezclen ustedes y agiten en un vaso la nostálgica embriaguez del recuerdo y la savia juvenil que bulle como el cráter en actividad, y obtendrán el filtro que me hechizó en aquel instante, obligándome a decir a Saúco que «me había olvidado de un negocio muy urgente... que no podía esperar a ver cómo acababa el enredo de la familia postiza...» Y dejando al mediquín con más que regular escama, corrí, corrí, empujando a los transeúntes y sorteando los carruajes, hacia la calle de las Hileras... ¿Si no estuviese en casa Belén, o si, estando, no me recibiese por... por cualquier motivo?

No habían apagado todavía el gas del portal. Serían poco más de las diez. Me disponía a llamar a la puerta, cuando observé que se encontraba entornada solamente. En el recibimiento no había luz, y avanzando con precaución para no tropezar en algún mueble, vi a lo lejos una dudosa claridad procedente de la sala, y arriesgándome a sufrir las consecuencias de mi imprudente osadía, me dejé guiar por el rayito, y entré en la pieza siseando:

—¡Belén! Psss... ¡Belén!

La sala estaba vacía, sin mueble alguno; parecía inmensa, y en ella retumbaban los pasos y se ahuecaba la voz. Habían desaparecido los espejos, el entredós, las colgaduras... La claridad se debía a un quinqué de petróleo colocado en el suelo. Empujé la puerta del gabinete, entreabierta también, y un grito femenil respondió a mi entrada... «¡Chiquilla!».

—¡Dios, qué asombro! ¡Ay, aparecío de mi alma!

Dos brazos mórbidos se ciñeron a mi cuello; un hálito ardiente me calentó los labios, murió en ellos un suspiro... y me encontré caído en la meridiana, con la cabeza de la pecadora sobre mis hombros...