—Felipe... —dijo la esposa en suplicante tono—, Felipe... por Dios... apóyate en mí. Tengo miedo de que te caigas. Con el pie así lastimado... Cógete.

Sostenido por ella, anduvo el corto camino, y al sentarse suspiró profundamente. Antes de que empezásemos a comer, Carmen fue más de media docena de veces a la cocina, a que el caldo del enfermo viniese bien colado y desalado, a que no sazonasen la carne, a filtrar el agua, con otras menudencias. Yo entretanto aguardaba, y mis ojos, sin querer, se fijaban en la loza blanca del plato sopero vacío colocado delante de mí, y en el cristal de los vasos donde aún el vino tinto no lanzaba sangrientos reflejos. ¿He de ser franco? ¡Sí! ¡Vaya toda la verdad en su desnudez, más bella para quien sabe considerarla, que las galas de la mentira! En aquel momento me parecía el colmo del sacrificio comer en semejante vajilla y beber en vasos semejantes. ¡Compartir los manjares del leproso! Una horripilación interna me cerraba el estómago con recto tapón. Verdad que ya me había desayunado con mi tío en la Ullosa, sospechando que tenía lepra; pero entonces no estaba seguro de lo que fuese; no la había visto en toda su fealdad; no había respirado sus miasmas... «Lo que es hoy, no entra bocado en mi cuerpo... En ese borde del vaso puso los labios... y esta cuchara la habrá introducido cien veces en la boca.»

Cuando la tití regresó al comedor y ocupó su silla, atravesaba yo uno de esos instantes críticos, en que un sudor va y otro viene, y la voluntad flaquea; más rendida por insignificante obstáculo que ante alguna empresa dificilísima. Sentía que no me era posible tocar a la comida; que iba a causarme los efectos del mareo. ¿Quién me había mandado aceptar? No, no podía...; estaba viendo siempre el pie del malato, los tejidos lacerados por la enfermedad y por el fuego; notaba el espantoso olor inquisitorial de la achicharrada carne...

Carmen cogió la sopera, la destapó, me sirvió sopa... Ya su marido y ella esgrimían la cuchara y empezaban a comer. Hice un esfuerzo, llevé una cucharada a la altura de la boca... para devolverla al plato sin probarla, pues había en mi garganta un obstáculo, algo que materialmente impedía el paso de los alimentos. Entonces ella alzó los ojos, y los puso en mí con serenidad majestuosa. Aquella ojeada era lo que yo me temía. Quise rehuirla; pero me seguían las grandes pupilas negras y con energía magnética me obligaban a que me volviese y respondiese a la mirada. No era un mirar airado ni desdeñoso: estaba impregnada de piedad..., pero de piedad algún tanto compasiva... lo peor, lo más mortificante. Parecía decir: «¿Lo ves, sobrino? Ahí tienes tú hasta dónde llegan la compasión racionalista y el valor romántico que no se apoya en creencia ninguna. ¡Fantasmón! Tantas plantas como has echado... ¡y no puedes ni tomar una cucharada de alimento aquí! ¡Miren qué valentía se le pide al caballero andante este! Engullirse un plato de sopa de tapioca... Ni más ni menos. ¿Pues a que no lo engulle? ¡Pobretín, y qué lástima me estás dando! ¡Para que te pusiesen a ti a desempeñar mis funciones y a curar llaguitas!»

Y yo sin tragar la cucharada... Al cabo mi tití sonrió como debe de sonreírse un serafín que se burla de algún diablillo de escalera abajo... y dijo con desesperante bondad:

—Salustio, si no tienes gana, no comas... Me parece que hoy has almorzado tarde.

—Muy tarde, por cierto —respondí cobardemente, vencido, desmoralizado, seguro de que no podía dominarme y tragar la maldita sopa—. A las tres... figúrate... y fuerte... con Portal y otros amigos... Ahora me sería imposible...; pero por no desairaros...

—Pues por Dios, nada de violentarse —indicó ella, subrayando las palabras.

Respiré, y aparté el plato. Repentinamente, aliviado del pánico de comer allí, se me desató la lengua, y hablé con animación, tratando de meter gran bulla para ocultar mi ayuno. Ni café quise tomar, a despecho de las instancias de mi tío. A cosa de las nueve se alzó el mantel, y nos quedamos en el comedor un ratito de tertulia: hablose de Aurora Barrientos, próxima a contraer nupcias con su notario, de lo poco que ahora subían las niñas y la mamá... Esto lo indicó mi tío, con cierta irritación en la voz. «De los enfermos todo el mundo escapa», murmuró sordamente. Poco después de las nueve vino Saúco; se le enteró del incidente del fuego, hizo las preguntas que son de rigor en casos tales, recetó, añadió varias advertencias... y al indicar que se retiraba, yo, que no me resistía a mí mismo, que creía ahogarme en aquella atmósfera, me escapé con él... sin tender la mano a nadie.

XVIII