—No puede ser... ¡Si no me duele! —contestó el enfermo.
—¡Te digo que te has quemado!... —respondió ella con acento doloroso y compasivo—. No muevas el pie, que voy a buscar bálsamo, un trapo y una venda.
—Yo iré, Carmen; explícame dónde está todo eso —pronuncié, ofreciéndome con solicitud.
—Gracias; tendrías que tardar... yo vuelvo en un instante.
Salió rápidamente, y, en efecto, al minuto volvió trayendo lo necesario. Arrodillose otra vez ante el enfermo, y con precauciones infinitas y mucho mimo, curó la llaga, aplicando el bálsamo empapado en un trapo limpio, doblado en dos. De tiempo en tiempo alzaba la cabeza con inquietud.
—¿Pero no sientes dolor ninguno? ¿Ninguno, ni miaja?
—No mujer —afirmó el esposo—. Sin duda me ha insensibilizado los tejidos la erisipela. Ese pie me parece que no es mío. No te tomes tanta molestia: haz con él lo que quieras, porque no siente.
Vendado ya el pie, Carmen trajo un calcetín y pasó todos los trabajos del mundo para meterlo por encima de la venda. Lo consiguió; fue por otras zapatillas, y al cabo depositó el pie tostado sobre un cojín, rodando la butaca al punto donde le pareció que el enfermo disfrutaría del calor sin miedo a contingencia semejante. Al hacer todo esto, se acusaba de lo ocurrido.
—Culpa mía... Por no mirar... A los enfermos no debe perdérseles nunca de vista. No volverá a sucederme, Felipe. Ahora quiera Dios que venga pronto el doctor Saúco... No, no creo que deje de dar una vuelta por aquí esta noche. Ya nos dirá lo que conviene poner a la quemadura. No me atrevo a más remedios sin que Saúco los disponga.
Habiéndome repetido el enfermo con insistencia el convite de acompañarles a comer, hube de aceptar, temeroso de que mi negativa se interpretase como asco o miedo. Entre Carmiña y yo le ayudamos a pasar al comedor —decía que quedándose en su cuarto le entraba murria—. No fue fácil la traslación. Aquel hombre que, al abrasarse un pie, no había sentido asomo de molestia en sus tejidos achicharrados, sufría, al incorporarse, tan agudos dolores en los huesos, que exhaló gritos y maldiciones ahogadas. Pasado el primer instante, quiso ir solo y nos mandó que le soltásemos: así lo hicimos, y empezó a andar mirando fijamente al suelo y tambaleándose...