—¡Si vieses el becerrito! —la dije—. ¿Te acuerdas qué chiquitín? Podíamos llevarle en brazos como a una criatura... Pues ahora se ha hecho un ternero hermosísimo. Está casi tan grandote como la madre...

La evocación de este recuerdo inofensivo y bucólico la hizo ruborizarse algún tanto.

—Carmen —indicó el enfermo—: siento mucho frío aquí. ¿Por qué no enciendes?

La verdad es que el aire era templado y suave, y que no hacía maldita falta la lumbre; pero sin duda el frío del hebreo era aquel que radica en la médula. Carmen accedió a su deseo: la leña estaba colocada ya haciendo pirámide, y las astillas en su lugar: con aproximar un fósforo bastó para conseguir en breve hermosa llama. Mi tío se acercó a ella, tendiendo los pies frioleramente. Carmen y yo seguimos charlando de la Ullosa. Otras veces, en presencia de su marido, no solía ser tan íntima y afectuosa nuestra charla. Ahora se notaba en su manera de cruzar la palabra conmigo, que no sentía encogimiento alguno, que me hablaba... como se hablan los que no tienen ningún secreto, nada que el mundo deba ignorar.

Cuando más engolfados estábamos en nuestra conversación, en que el enfermo tomaba parte, aunque no mucha, como si el hablar le costase esfuerzo, de pronto la tití saltó en la silla.

—Huele a chamusquina —dijo mirando alrededor y sacudiendo el borde de su falda—. ¿Qué es lo que arde, Salustio?

Me acerqué a la chimenea... y vi que lo que ardía, despidiendo humo y tufo insufrible, era la zapatilla del enfermo, cuyo pie izquierdo se apoyaba casi en uno de los inflamados troncos.

—¡Tío, que se abrasa usted! —grité; y uniendo la acción al aviso, desvié la butaca y le puse fuera del alcance del fuego.

Su mujer, al hacerse cargo de lo que sucedía, se precipitó, se echó de rodillas y arrancó del pie la zapatilla, por un lado medio carbonizada. Salieron adheridos a ella fragmentos del calcetín, y por el tejido de algodón vi extenderse formando geométricas ondulaciones, la llama. En el sitio descubierto del pie había una llaga estremecedora... Carmen exhaló un grito.

—¡Pero si te has achicharrado el pie! —exclamó alarmada, palpando la quemadura, que era profunda y extensa—. ¡Te lo has abrasado!... ¡hasta huele a carne tostada!