Mi tío, al verme, hizo lo que acaso por suspicacia hacen todos los enfermos de males contagiosos: me tendió la mano, ya algo retorcida por la gafedad, y mostró intención de apretar la mía. No vacilé: se la entregué llevado de un instinto de delicadeza; pero, al tocar la suya, me subió la náusea al galillo. El horror tradicional a aquel formidable castigo del cielo surgía del fondo de mi alma, y mi diestra se estremeció en la de don Felipe.
Tití se había levantado para saludarme. También me alargó su manecita, cuyo contacto me sorprendió, porque no estaba calenturienta. Entonces la miré de frente, y admiré el cambio de toda su persona. Ya no mostraba decaimiento, ni aquel temor escrito en su rostro cuando en la Ullosa comprendió que era de raza hebrea su marido. La vida brillaba en sus serenos ojos; su tez, aunque no sonrosada, tenía la tersura que presta el equilibrio de los humores; había cobrado carnes, y en sus brazos y seno observé dulce plenitud de formas. Su actitud misma se diferenciaba de la de antes. Ahora mostraba una tranquilidad resuelta, una presencia de espíritu que casi podía confundirse con el gozo. Si yo conociese menos los quilates del alma de la tití, creería que la regocijaba la enfermedad de su marido. Lo cierto es que su transformación la sentaba muy bien: era otra mujer, y mujer capaz de inspirar otra clase de amor; mujer apetecible. Y, sin embargo, yo, que había ardido por la triste y desmejorada criatura, hoy me reconocía dueño de mis sentidos: con la idea de la enfermedad, no creía que pudiese mi imaginación inflamarse nunca.
—Comerás con nosotros, Salustio —advirtió mi tío, dirigiéndose a su mujer—. Que le pongan plato. Vente todos los domingos: no puedo salir, me darás conversación. Se aburre uno de estar así tan encerrado, tan privado del trato de gentes...
—¿Y cómo se encuentra usted? —dije, por decir algo.
—Hombre... ¡qué sé yo!... Saúco siempre me anima y se ríe de mí... Dice que pasaré mal invierno tal vez, pero que en primavera estaré muy aliviado. Ya ves que aún me queda buen rato de rabiar... Se me agarró de veras el condenado reumatismo, y como creo complica la erisipela, se originan estos malditos fenómenos... Lo peor de todo, que está uno hecho un sucio: que ni se puede ir al Congreso ni a ninguna parte hasta que empiece a quitarse esto del pescuezo y de la cara... Vamos, que está uno impresentable; y aquí en Madrid no se quiere a la gente sino charolada y lustrosa... Lo siento, porque Dochán en el interregno se despacha a su gusto y me hace barrabasadas...
No contesté. ¡Me parecía tan cómicamente fúnebre oír a aquel hombre sentenciado a espantosa muerte interesarse por mezquindades de política local!
—Si pudiese andar —añadió—, daría mil vueltas por ciertos centros, y divertiría a toda aquella pandilla de los Dochanes, los Requenas y los Rivas Moure. Precisamente ahora tienen descontento a don Vicente, y lo pasarían bastante mal si yo no estuviese inutilizado.
La voz de tití se alzó entonces, timbrada con la misteriosa sonoridad que indica que lo que se dice sale del alma.
—No pienses en niñerías, Felipe —murmuró amistosa y eficazmente—. Piensa en tu curación, si Dios quiere permitir que te cures pronto. Allá los de Pontevedra que se arreglen como gusten. Primero eres tú. No entiendo de medicina, pero me parece que la condición necesaria para sanar debe de ser tranquilizar el espíritu, ¿no es cierto, Salustio? Y cuando por casualidad viene un mal de esos que no tienen remedio... entonces... ¡cada vez se necesita más el sosiego del ánimo, la resignación y el desprecio de las menudencias!
Al decir esto, recogió el periódico, que se le había caído a su marido de las manos casi inertes; y comprendiendo, sin duda, la conveniencia de distraer su imaginación y quitarle de la cabeza los pensamientos relativos al mal, fue preguntándome mil cosillas de la Ullosa, de mi madre, de la huerta...