—Y me alegro... ¿Quién lo duda? ¿Crees que lloro? Así que me largue a Ciudad Real... bailaré de gusto. ¡Ventaja mayor! Pero no todos se mostrarían tan enteros. Esto requiere mi fuerza de voluntad.
No quise dar broma a mi amigo, porque me parecía crueldad manifiesta. Conocí que estaba ferido de punta de amor, tanto o más que yo mismo, que rebosaba despecho y amargura, y que hacía de tripas corazón. Ya me encontraba yo versado en los misterios del antojo amoroso, de ese duende que se nos aloja en las entrañas, y figureme que la traducción más fiel y ajustada de ciertas biliosas melancolías, de ciertas alegrías sin pretexto, y aun de ciertos desórdenes en que vi caer a mi sensato amigo, no tenían otra explicación sino la de haberse quedado su alma cautiva entre los dedos de la bella zagala evangélica.
Antes de avistarme con mi tío hablé confidencialmente al doctorcillo Saúco, su médico de cabecera desde que Sánchez del Abrojo había interrumpido sus visitas, nunca muy frecuentes, como de facultativo ya famoso. Al pronto intentó mi paisano disimular conmigo y convencerme de que la enfermedad de don Felipe Unceta no era sino una «degeneración cutánea»; pero, persuadido de que yo estaba en autos, cantó de plano el hombre.
—Entonces, hijo, ya que lo sabes... Pero guárdame el secreto; es decir, guárdatelo a ti propio; si se enteran por ahí de que te viene de casta... Por supuesto, tú no tienes nada que temer. Si acaso, tus hijos; esta enfermedad casi siempre salta una generación. A veces también se extinguen, a fuerza de tiempo y de cruzamientos de sangre. Lo que va siendo raro es que se presente tan de mano armada y con proceso tan rápido como en tu tío. Esta... esta es de órdago. Ya se le van anestesiando las extremidades. Los músculos empiezan a atrofiarse.
—Pero yo creí que no había en el mundo semejante enfermedad.
—¡Vaya si la hay! Solo que a esa clase de padecimientos, en las personas acomodadas, los llamamos dermatosis, degeneraciones cutáneas... y adelante con los faroles. No son frecuentes, sin embargo, en la esfera social de tu tío los casos de lepra.
—¿Y tiene cura? —pregunté con ansiedad.
—¡Cura...! El cura, hijo... si es buen católico ese señor. Solo caben paliativos. Y la cosa va de prisa. A quien compadezco es a la pobre señora. Tu tío será dentro de poco un montón de lacería, como Job en su estercolero. La Edad Media en estos casos aislaba rigurosamente, y dicen que a los gafos se les ponía al cuello una campanillita para que huyese de ellos la gente sana. Hoy tendemos encima de ciertos males repugnantes un velo de sublimado corrosivo... y se acabó. Mucha desinfección, pero igual podredumbre. Y aquí tienes un caso en que yo entiendo que procedía la disolución del matrimonio.
Cualquiera presume cómo iría yo cuando el domingo logré por fin ver al enfermo y a la enfermera... Frío mortal me traspasaba los huesos al subir las escaleras, al llamar, al entrar en el cuarto del leproso. Encontrábase este arrellanado en un sillón, con un periódico sobre las rodillas: sin duda acababa de leerlo. A su lado, tití hacía labor. Cuando yo llegué, tenía la cabeza baja: así es que lo primero que atrajo mis miradas fue el rostro del enfermo...
Había en él algo que impresionaba siniestramente, tal vez por su misma inmovilidad, pues noté que le faltaba el juego expresivo de las facciones, sin duda a causa de la atrofia muscular de que hablaba el doctorcillo. No estaba, sin embargo, ni muy desfigurado, ni enflaquecido en demasía. Cejas y pestañas habían desaparecido casi, y en la parte inferior de las mejillas noté manchas lívidas y siniestras. Mi angustia creció al comprobar la tremenda verdad del pronóstico de mi madre. ¡Era el mal sagrado y pavoroso de la Biblia, que al cabo de tantos siglos caía nuevamente sobre la raza de Israel...!