Y Silvio castañeteaba sus dedos largos, flexibles.
Minia, repentinamente grave, prorrumpió:
—Culpa de usted, de fijo.
—Culpa mía... Lo reconozco. He estado despiadado, tremendo...
—¡Pobre mujer! ¡Y yo que la creo tan leal!
—Y no se equivoca usted—declaró Silvio con calor.—Por eso me odio. Debí producirme de otra manera. Eso, eso es lo que me puso los nervios locos.
—Si es sólo una riña... se arreglará—murmuró la compositora.
—¡Ni se arreglará, ni lo deseo! Del desarreglo me felicito. Lo que me escuece son las formas que empleé. No procede así un hombre. Y es que á cada hora del día soy distinto: créalo usted. Tan pronto me las apostaría con los de la Tabla Redonda, como me sería indiferente hacer méritos para ir á presidio.
—¡Exageraciones á un lado! Sepamos qué ha ocurrido—repuso Minia, curiosa de lo sentimental, como todas las mujeres.
—Atención... Ha ocurrido... ¡el diablo son ustedes!—que quería... quería casarse conmigo. Ea, ¿qué tal?