De sorpresa, se persignó Minia. Era conocida, proverbial, la repugnancia de Clara Ayamonte á las segundas nupcias, y de esto, como de otras cosas, se acusaba al Doctor Luz y á su pedagogía disolvente.
—¡Casarse con usted!—repitió.—¿Es de veras?
—Y tan de veras. Para darme medios de seguir mi vocación: para que no haya más cromitos.
La confidente, con vivacidad, pegó una palmada en el borde del sofá, y exclamó:
—¡Cuando yo decía que no es una mujer vulgar! Ese conato generoso, óigalo bien, no lo tendrá ninguna de las que usted ha de engatusar todavía, á pretexto de retrato. Lo que es ésta (confirmo mi opinión) sentía, sentía en el alma. ¿Y usted la maltrató por tal ocurrencia? Pues, sencillamente, le resolvía el porvenir. Cuidado, Silvio; lo primero que hemos de hacer es ver claro en nosotros mismos y trazarnos la vía.
—Trazada la tengo... ¡y aunque sea menester ir pisando brasas...!
—¡Fantasías...! Se equivoca. ¿Qué vía ni qué niño muerto? Aspirar no es querer. Fíjese: vino usted aquí con el pío de que tres ó cuatro retratos al mes le diesen para subsistir mientras ahondaba en labor más seria. Por un golpe de varilla mágica, en vez de tres ó cuatro, son treinta, cuarenta, cien encargos los que, apremiantes, le caen encima. ¡Y qué clientela! La crema, la espuma, el éter de la sociedad. Se susurra que ya fermenta el encargo de Palacio... Muy bien. ¿De qué le sirve para la aspiración tal golpe de fortuna? ¿Ahonda? Ni un azadonazo. ¿Ha recaudado siquiera fondos, tesoro de guerra? De su ensueño se halla usted á mayor distancia que el día en que, con ropa raída de verano, en segunda, llegó á esta villa y corte. Le faltan á usted condiciones vulgares, y acaso reúne facultades extraordinarias. Ni sabe ahorrar, ni reservarse, ni metodizar el trabajo. No será usted snob, no adora la sociedad; pero se deja arrastrar por ella, y será vencido. Está usted cogido en un engranaje enteramente incompatible con las altas inquietudes que me descubrió en Alborada... Y viene una mujer, llena de cariño, poseedora de cuantiosa hacienda, distinguida, intelectual, sensible, á acercarle al ideal, suprimiéndole toda preocupación del orden práctico, y la recibe, por lo visto, á puntapiés.
El artista, preocupado, se mordía el rubio bigote.
—¡Y mi libertad!—clamó.—¡Señora, usted es muy ilusa! Clara, probablemente, lo que buscaba era impedir que yo retrate á otras; en una palabra, hacerme suyo... comprarme.