—Yo ilusa y usted fatuo é ingrato... ¡Vaya unas deducciones bonitas! ¿De dónde saca tales supuestos?—replicó Minia, indignada.—Clara es incapaz de un cálculo egoísta, mezquino. Júzguenla como quieran, y sin que yo la canonice, su carácter y su corazón valen oro. Esa mujer lee en su destino de usted y lo interpreta mejor que el interesado...

—Diga usted, al menos, que el desinteresado...—objetó Silvio.

—¡Conforme!—prosiguió ella, riendo otra vez, á su pesar, como se ríe la salida de un niño.—Confiese que Clara pudo encontrar novio, novios más brillantes, en su esfera social, que usted... Los móviles de su proposición la honran: asociarse á una vocación de artista, dar alas al genio... ¡La libertad, dice usted! ¡Ah, bobo! ¡Ya verá qué libertad le aguarda! Cada elegante cliente trae en la mano un eslaboncito de cadena para soldarlo al anterior. Cuál es de oro, cuál de plata, cuál de diamantes roca antigua, cuál de diamantes al boro... Todos eslabones. ¡El tiempo me dará la razón!

Agachaba Silvio la cabeza bajo la rociada. Minia, persuasiva, apretó.

—Ahora empieza el sermón... La idea de Clara no representaba para usted solamente la libertad económica: representaba algo superior: el arreglo de su conducta, su moralidad. ¡No le amonesto á usted en nombre de cosas... en que usted no cree; no se trata de eso...!

—¡Sí se tratará!—rezongó Silvio.—¡Siempre respira usted por la herida! El otro mundo, ¿verdad? ¿La cuenta que hemos de dar, etcétera?

—¡Ah! ¡Si yo pudiese inculcarle eso!—Y Minia bajó la fervorosa voz.—Pero eso no se inculca. Eso es lo más inefable: es la gracia... Dice Fray Luis de Granada que la gracia cura el entendimiento y sana las llagas de la voluntad; pero no dice que el entendimiento y la voluntad basten para recibir el don de la gracia. Hay quien puede otorgárselo á usted. Él se lo otorgue.—Así es que hablaremos... en profano, en mundano y en crudo.—¿Se figura usted que su aspiración no sucumbirá, más ó menos pronto, á manos del libertinaje? ¿Cree usted que su salud no se resentirá también?

—¿Qué es eso de libertinaje? ¡Vaya una palabreja cursi! Ni que fuese usted Goizán, el de Marineda, que me escribe retahilas de desatinos y me cuelga la lista de las mile e tre... ¿No se ha enterado, señora, de que no gasto pasiones volcánicas?

—¡Las pasiones no son el libertinaje! Cuanto más árido y seco el corazón, más expuesto un hombre en su situación de usted al desorden moral... y físico. Goizán verá visiones... lo cual no quita que tenga razón. Siempre sobrarán ocasiones fáciles, donde falten cariños hondos que, á defecto de mejor escudo, protegiesen á usted. Ya está usted picado al juego. Se arruinará usted gastando perros chicos... pero se arruinará. Con Clara, el arte y la existencia tranquila; por añadidura, el amor.

—Ta, ta, ta...—Señora, señora... No la conocía á usted casamentera. ¡Vaya un nuevo aspecto de su eximia personalidad! Ahora me permitirá que hable. Encarece usted mucho la lealtad de Clara, su generosidad; no se deje engañar; yo calo más: eso se llama... que me quiere. Hoy, mucho de dar alas á mi genio; mañana, las recortará con sus tijeras de tocador. Clara es ilustrada, su temple de alma muy noble; corriente... pero es mujer, y para ella, lo primero, el amor; lo segundo, el amor... y lo tercero, el amor; ¡qué rábanos! No puedo contratar sobre tal base. Y recibir y no dar... tampoco es lucido papel. Atrévase usted á jurar que, en mi pellejo, diría . ¡Quiá! Los que la Quimera roza con sus alas gustan de ser independientes, con feroz independencia, y luchar y morir; y si no llegan adonde pensaron... pensar en llegar les basta. Supone usted que puede arrastrarme la sociedad... que no me reservo... ¡Pues si no me reservase un poco! ¡Á mí déjeme usted: los consejos me crispan!