—Me río de sus crispaciones. ¿No ha venido á hacerme confidencias? Fúmese ese cigarrillo musulmán, regalo de Turkán Bey; como tiene opio, le servirá de calmante. Y pues se crispa tanto, sepa que aún falta el consejo mejor.

—¿Cuál, vamos á ver? Alguna sentencia que soltó algún fraile.

—Una sentencia de Sancho Panza. Que en atención á que sus pasteles le proporcionan dinero, elogios y relaciones cada día más altas, á ellos se atenga y no busque pan de trastrigo. Déjese de andar contando á la gente que sus retratos son cromos: en primer lugar, no lo son; en segundo, la gente se apresura á creer cuanto malo decimos de nosotros mismos. Pudiera suceder, Silvio, que ese género delicado y aristocrático y algo artificioso fuese el que la Naturaleza ha querido que usted represente dentro del arte. Es usted el único que lo cultiva hoy. Ya eso sólo... Quédese donde está bien; así habló Zaratrustra.

—¡Ya sabe que no puedo! Cuantos obstáculos se me opongan los arrollaré; y pues el más frecuente es la mujer, la mandaré al demonio. Para el trabajo que me cuesta...

—¿Cree usted eso? Nunca interpretamos nuestro enigma. Silvio, aunque no le llegue á usted al alma la mujer—está usted en sus manos.—Es el grave inconveniente de su especialidad; yo al pronto no lo sospechaba. Por la mujer gana usted nombre; por la mujer, dinero; por la mujer, llegará á entrar en las casas más inaccesibles; á la mujer se encuentra usted sujeto; la respira; la lleva ya en las venas. Es la invasión lenta, de cada segundo, á la cual no se resiste; el proceso orgánico. Sueña usted rudezas y violencias y verdades desnudas de arte, y la mano se le va, sin querer, hacia la dulce mentira de la dama; mentira de formas, mentira de edades, mentira de figurines, mentira, mentira... Sólo le salvaría el amor, un amor bueno, digno, total...; ¡y cuando asoma, le pega usted azotes al pobre chiquillo!

Un suspiro profundo del artista comentó las observaciones, demasiado exactas, de la compositora.

—Estoy muy triste. ¡Si tuviese usted razón!

—La tengo. Reconcíliese con Clara.

—Imposible. Eso no tiene compostura. Tampoco me gustaría que la tuviese. Reconózcame alguna buena propiedad: no soy capaz de representar la farsa que semejante combinación exigiría. Saldré á flote con este dedito... y ¡por cierto! anoche soñé que se me gangrenaba, que se me caía, y que me veía obligado á mendigar á la puerta de Fornos.

—¡Disparatado! ¡Chiflado! Clara será vengada; de eso estoy segura. De vengar á Clara se encargarán otras mujeres, que le aniquilirán á usted.