—Iré á París, á Londres, á Nueva York. Allí un retrato se paga mejor que aquí. Allí, con un retrato, vivo un mes... y á cavar hondo. Y su madre de usted, ¿se queda hoy á dormir en Lara?
Como si la evocasen estas palabras pronunciadas con impaciente nerviosidad, oyóse ruido de puertas, un andar vivo y seguro, y la baronesa hizo irrupción en el estudio de su hija, riendo aún los chistes de la piececilla por horas y lamentando que Minia no hubiese compartido tal placer. “Estaban las de Tal, las de Cual, las de Be y las de Hache...” Silvio contemplaba con envidia á la dama; abatido y exasperado á la vez como se sentía, comparaba su juventud dolorosa á aquella ancianidad exuberante, sana, lozana, divertible y divertida tan fácilmente, abierta á las impresiones gratas y exagerándolas para compensar las decepciones y los desengaños. El mismo pensamiento ocurría á Minia; también Minia, cautiva entre las garras de la Quimera, había deseado á menudo recortar su espíritu encerrándolo en círculo más estrecho; en vez de tender á lo inaccesible, buscar el contentamiento que se viene á la mano. Amar lo que está á nuestro alcance, es la sabiduría suprema—discurría la compositora.—Salimos muy de mañana en busca de regio tesoro oculto; caminamos y caminamos; á medio día los pies nos sangran y el calor nos deseca lengua y paladar; á orillas del sendero mana un hilo de cristal y crece un cerezo salpicado de maduros corales; nos recostamos, y la magia humilde del agua pura, del fruto jugoso, ponen olvido de la ambición lejana... Amemos lo pequeño; nos escudaremos contra la negra Fatalidad y el mudo Destino... En la mirada que trocaron Silvio y Minia se dijeron esto claramente, y también otra cosa: “No depende de nuestra voluntad contentarnos con la fuente y el cerezo. No amamos sino lo infinito y lo triste, la belleza soterrada y guardada por los genios”.
La palabra rara vez manifiesta este género de ideas. Ni ideas son: bruma de pensamientos y de ansias. Cuando más claras se formulan dentro, es cuando la lengua pronuncia las frases más insignificantes, que menos relación guardan con lo íntimo.
—Aquí tienes á Silvio, muerto de miedo...
—Baronesa, ¡no me pegue usted!
—Se trata del capital...
—Del millar de millares...
—Y no se atreve...
—No me atrevo... Déjeme usted colocarme á honesta distancia.