—No. En el verdadero sentido de esa palabra, no. ¡Y usted no lo ignora! Sigo la relación. Vienen los chiquillos de Torquemada, y el Robertito revuelve en mi mesa y me presenta... ¿qué dirá usted? ¡La petaca, la petaca!

—¡Qué lance! ¿Ve usted? Tenemos el vicio de sospechar de los pobres. Toda nuestra relación con ellos se basa en la sospecha. ¡Base extraña! No sé cómo no nos han quitado ya hasta la respiración, porque si al cabo les hemos de tener por ladrones...

—Cierto. Yo menos que nadie, pues fuí tan pobre, debía... En último caso, ese modo de insultar porque nos quiten un dije inútil, esa indignación ante pequeñeces, es algo bárbaro. En fin, me entró tal fatiga, que á las Yeserías me fuí, y en la zahurda de la gitana casi me arrodillé para que me absolviese.

—¿Y absolvió?

—Nada de eso. ¡Me trató peor que yo á ella! Me tiró á la cara el dinero que la llevé. Y debe de hacerla falta. ¡Qué tugurio! ¡Tanto churumbel color de aceituna! De todas maneras, quedé algo tranquilo con haber reconocido mi yerro. “Pégame” la dije. “Á no matarte, desalmao, no te toco”... fué la contestación; y allí se quedó llorando.

Calló. Minia reflexionaba; de un café próximo subían acordes, trozos de música, amortiguados por la distancia. Silvio permanecía cabizbajo. La compositora, mirándole fijamente, articuló por fin:

—Y... ¿no hay más? ¿No hay otro... embuchado?

—Embuchado no y embuchado sí... ¡Caso que lo fuese, ya se acabó! ¡Ñac, ñac! Trueno...