—¡Embuchado! Los embuchados y las contrariedades importan un bledo, señora, cuando aquí dentro (golpeo de esternón) hay ánimos, hay serenidad, hay esa flema de usted...
—¡Mi flema!—repitió Minia, hablándose á sí propia.
—Hoy fué un día desastroso para mí, un día negro; para otro, quizá fuese un día como los demás. Á mí, esta tarde, volviendo de mi excursión á las Injurias, nada menos que al paseo de las Yeserías, hasta se me ocurría... ¡qué barbaridad! una de esas humoradas que leemos en la prensa, y que entrando por la boca se alojan en la masa encefálica. ¿No le parece á usted que esto es grave?
—Siempre. ¡Esa idea revela desarreglos nerviosos, lesiones ya profundas! Es propia de degenerados superiores, como usted. Sin embargo, á pesar de la relación que existe entre la sensibilidad peculiar de usted y tal impulso, las circunstancias...
—¡Naturalmente! Oiga usted. Introito: mi portera se larga á recados, y me quedo abriendo: lo más aborrecible. Á todas éstas, me acomete uno de mis jaquecones. Llega el bueno de Crivelo, y el demonio la enreda de suerte que no puedo negarle un préstamo de 1.000 pesetas...
—¡Incorregible!—gritó Minia, condolida de la hemorragia provocada por el certero tajo de sable.
—Bien, suprima los regaños: con la baronesa basta... En seguida echo de menos la petaca de plata, regalo de la Sarbonet; se me antoja que me la ha quitado la gitana típica que tanta gracia le hace á usted, la Churumbela; se aparece en aquel momento llovida del cielo, y la harto de improperios; me pongo hecho una hiena; la pego casi...
—¡Pobrecilla! ¿Y no era ella?
—Verá usted... ¡Aguarde, que estamos empezando! Para desengrasar, Marín Cenizate (el adicto que me abruma con todo el peso de su adhesión) se empeña en exponer dos de mis retratos en el Salón Amaré, para dejar bizcos á mis envidiosos. Así dijo el muy simple: á mis envidiosos.
—¿No los tiene usted?