—Verdad que la combinación es fatal. ¡Azul, carmesí, violeta! Pero si usted no estuviese tan desesperado hoy, no le sobresaltarían semejantes menudencias. ¿Qué ocurre? Desahogue... Ya sabe mi teoría: todos se confiesan; sólo que usted, equivocándose, ha escogido confesor lego... ¿Cierro la puerta? Así... Bien...
Tardaba el artista en romper á explicarse. Al fin estalló la bomba.
—¿Está en casa la baronesa?
—No; en el teatro.
—¿Volverá pronto?
—La última de Lara se acaba cerca de la una.
—Aguardaré hasta entonces... Necesito verla inmediatamente.
—Para recoger el depósito de dinero, ¿verdad?
—¡Cómo me conoce usted!—suspiró Silvio, tomando la diestra de su interlocutora y estrujándola con angustia de náufrago.
—¡Sus manos están hechas carámbanos! Acérquese á la estufa... Mi madre le soltará á usted una filípica tremenda, merecida; pero le entregará al punto lo que le haga falta.—Tranquilícese. Salga ese embuchado...