—Perdone usted... No puedo dar sesión hoy... Diga al conde que, si gusta, envíe mañana los chicos...

—¿Se siente malo?

—Sí, algo indispuesto.

Sin más explicaciones, zafándose de la miss y sus alumnos, Silvio corrió al dormitorio, recogió abrigo y sombrero, lastró el bolsillo con un puñado de duros, únicos fondos que en casa tenía, y saltando las escaleras de dos en dos, cruzando la calleja, voló á tomar un coche de punto en el puesto de la Red de San Luis, dando al cochero las señas de una calle mísera, en barrio extraviado y pobre.


Aquella noche, ya un poco tarde, Minia Dumbría, que á solas descifraba un nocturno de Saint Saens en un armonio chico y cansado, se encontró sorprendida con la visita de Silvio.

—¿Por qué no ha venido á cenar?—preguntó la compositora.

—Porque tenía el estómago revuelto y estoy á magnesia, á migranina, á drogas. ¡Ay!—exclamó impaciente, sentándose sin ceremonia en el sofá.—¡Qué antipático es ese florero de Venecia sobre el fondo carmesí del damasco! Y ¿por qué se pone usted esta bata á rayas violeta? La sienta como un tiro.

Se echó á reir Minia, y consagró con indiferencia una ojeada al florero y á su deshabillé de seda listada, holgado y sin pretensiones.