—¿Conque ésta?...

El artista hizo un gesto de fatiga y de desdén.

—Pues chico, hasta la fecha no se sabía... Solano y varios la han apretado bastante, y ella, nada. Modelo, corriente; otra cosa, no señor.

—¡Bah!—murmuró incrédulo Silvio, á cuya furia sucedía la postración.—Ello es que mi petaca... ¿En qué casa de empeños ó cueva de ladrones parará? Llaman... ¡Si es una señora, te vas volando!

Media hora después Silvio despachaba su fiambre é inconfortable almuerzo, y bebía precipitadamente otra taza de te. ¡Tilirirín! La governess de casa de Torquemada, guarnecida de dos niños. Silvio, con el estómago helado, á pesar de la infusión caliente, corrió al taller, retiró del caballete á la Ayamonte, y puso en su lugar el empezado y ya delicioso esbozo de una cabecita morena bajo una lluvia de bucles negros—la niña Celi. Roberto, el varoncito, protestó. La governess le echó una peluca sobre el tema de la galantería.

—Las damas, primero.

Y mientras la miss arreglaba el traje blanco de Celi, Robertito se dió á curiosear la mesa, atestada de revistas ilustradas, de libros con grabados, revueltos con bujerías y cachivaches tentadores.

Pray you, Robert...—refunfuñó la miss, volviéndose;—y como Silvio, maquinalmente, se volviere también, vió algo que le dejó un instante hecho piedra. ¡La miss recogía, de manos del niño, la petaca oxidada, donde brillaba el monograma de rubíes, y avanzaba á entregársela á su legítimo dueño!

—Su estuche á sigaros, señor... El niño lo puede estropiar...

Para una caricatura, la expresión de la inglesa viendo que Silvio se echaba á la cabeza ambas manos, en desesperado ademán, al mismo tiempo que exclamaba, guardándose la petaca: