Cualquiera, aun sin ser artista, se agradaría de aparición tan pintoresca. Churumbela, con la palma apoyada en el talle, el mantón atado atrás, el pelo indómito alisado, con reflejos de empavonada armadura, la expresión melosa y capciosa, propia de su raza, en el perfilado semblante cetrino y en las largas pupilas de sombra; entreabierta la boca bermeja, donde rebrillaba el nácar húmedo de los sanos dientes,—no le iba en zaga á ninguna de las bohemias seductoras del romanticismo.

No encontrando á Silvio solo, sus cejas delgadas se fruncieron; mas ya el artista se lanzaba hacia ella, porque al verla había sentido ciego impulso de cólera, la animosidad que engendra un largo hastío—hastío, en este caso, de pintor fatigado de reproducir un tema, que se complicaba con náusea moral, indefinible; especie de desagravio involuntario á la Ayamonte.

—¡Á ver!—gritó.—¡Si no quieres que avise á la delegación, ya me estás devolviendo ahora mismo mi petaca!

Retrocedió atónita la Churumbela, ensanchando los ojazos.

—¿Qué dise, señorito? ¿La petaca?

—Tú te la has llevado. ¡Á devolverla! ¡Perdida, tuna!

—¡Señorito... que yo no he cogío semejante mardesía petaca! ¡Por la gloria e mi madre y por las yagas de Cristo Santísimo! ¡Así me condene y me jagan en los infiernos picaíllo menúo! ¡Así me saquen er corasón con cuchillos afilaos! ¡Sinco años llevo de andar entre pintores; er señorito Marín lo dirá, y á ver cuándo Bruna la Churumbela, como usté me yama, ha tomao valor de un perriyo que no sá suyo! ¡Soy honrá, señorito, más honrá pué ser que muchas señorasas que usté pinta!—Y el mirar salvaje y encelado de la gitana se clavó en los retratos.

—¡Ó te callas, ó...!—rugió Silvio, avanzando con los puños cerrados y los dientes prietos. Se interpuso, asustado, Cenizate; retrocedió la egipcia, y desde la puerta, con respingo de sierpe pisada, se volvió para vociferar:

—¡Soy honrá por sima e la luna! ¡Negro día aqué en que te conosí, para que me quitases er sentío! Eso é lo que tú me has robao, y no yo á ti la susia petaca, ¿entiendes? ¡Malos mengues te coman á ti y á eya, y á mí por sé una probe esgraciá, que no viste sea ni carsa guantes! ¡Er pago que me das, meresío lo tengo; y agur, y Jesucristo y la Virgen te perdonen, esaborío, que m’as sortao güena puñalá!

Y anegada en descompuesto llanto, Churumbela huyó á tropezones, batió la puerta exterior, haciendo retemblar las paredes de la casa. Desde la escalera se la oyó sollozar aún. Cenizate miraba sonriendo á Silvio.