Cenizate, tranquilizado, desagraviado, sonrió, se acercó á Silvio.
—Arrechucho tenemos... No se hable más del caso. ¿Te hago tila? ¿Te arreglo esa mesa, te preparo las cajas? Hoy vendrán muchas señoras. El día está magnífico.
—¿Querrás creer—dijo Silvio, cambiando de tono con su acostumbrada movilidad, y abriendo y cerrando á golpes los cajones del contador—que me ha desaparecido mi petaquita de plata oxidada con el monograma de rubíes, el regalo de la Sarbonet? Lo que me indigna es que, sin duda, se la ha llevado el mal bicho de la gitana. ¡Qué mañitas!
—La dejas meterse aquí con una libertad...
—¿Qué he de hacer? ¿Mandarla esperar en la Saleta? Esa egipcia se encapricha de todo... No ve fruslería que los ojos no se la encandilen. Me tiene harto. Sabe de sobra que ya no quiero estudiarla, y vuelve y vuelve... ¡Qué calamidad, un taller de pintor! Es una vega abierta...
—Pues bien pagada y bien recompensada está Churumbela, hijo, para que venga á quitarte cosas. La semana pasada, sin que te sirviera de modelo, ni Cristo que lo fundó, la diste cuatro duros. ¡Llevarse la petaca! ¿Te parece que demos un parte?
—No—contestó el artista.
¡Tilín! La portera, resoplando:
—Aquí tié usté el remedio... ¡El recibí del Continental!... De la tienda, que están con los marcos; que los remitirán cuando acaben. Unas lonchas de pavo he traío de la Ceres pa el almuerzo. ¿Encenderé?
Absorbida la droga, funcionando la estufa, Silvio empezaba á sosegarse, cuando ¡tilín, tilintín!—pasos precipitados, una ráfaga de aire frío de la calle y de olor insufrible á esencia de clavo y pachulí... La gitana en persona.