En aquel mismo punto, ¡tirilirín! hacía irrupción en casa del artista el fiel Marín Cenizate. Como la inmensa mayoría de los hombres, Cenizate en sus actos partía del dato de sus propios sentimientos, importándole los ajenos un comino; y siéndole infinitamente agradable la compañía de Lago, no se fijaba en si Lago estaba á la recíproca. Verdad que al decirle el artista: “Chico, vete”, ningún sentimiento de amor propio lastimado mordía el corazón del adictísimo amigo. Desfilaba... y hasta otra.

Como Silvio no le hiciese caso y siguiese trasteando para arreglar sus desparramadas cajas de colores, Cenizate agitó los brazos ante los retratos concluídos de Clara y Mariano Luz.

—¡Canela fina!—repetía entre dientes, con sofocación de entusiasmo.—¡Canelita en rama, caballeros! ¡Vaya unos retratazos! ¡Que se limpien los ojos los envidiosos de la Sociedad! ¡Que salgan ahora con que si afeminado y si blando! ¡Ese retrato del señor tiene redaños, redaños! Á quitarse el sombrero...

—¡Por Dios!—replicó Silvio, revolviendo febrilmente en una mesa atestada de papeles, libros y cachivaches.—Me duele la cabeza... ¡No me marees!

—Los exponemos—insistió Cenizate.—Dentro de un par de meses, van á exhibir en el Hipódromo sus porquerías. Verás qué horrores. Llevas tú este par de documentos y me los revientas. ¡Boca abajo todo el mundo! Ó, escucha: mejor aún: ¿á qué aplazar? En Mayo tendrás preparadas otras cosas bonitas... ¡Con la facilidad tuya! Estos me los conduzco yo ahora mismito al Salón Amaré. ¡Buen golpe, buen estrépito!

Silvio se revolvió como un gato, blanco de ira, echando lumbre de sus ojos, en tal momento felinos.

—¡Te guardarás! Los retratos ya no son míos. Están cobrados...

—Solicitando autorización...

—¡Necio! ¡Imbécil!—gritó el artista. Á pesar de su longanimidad, más que el calificativo, el tono dolió á Cenizate, que retrocedió algo inmutado. Silvio, de repente, se mesó el pelo, gimió.

—No sé lo que me digo... Si no te empeñas en atormentarme, no me hables de esos retratos. No te importe por mí. ¿Á qué viene tanto afecto? ¿Piensas que te correspondo? Te engañas. Á mi nadie debiera quererme. Doy mal pago. Los cariños me apestan. Prefiero á los envidiosos que dices tú. ¡Ojalá tuviese verdaderos envidiosos! No me envidian: me rebajan con razón, que es distinto... ¡Manía la tuya de ensalzarme! Y es que no entiendes de arte una patata. ¡Te mataría!