Crivelo, calándose el hongo, recogiendo la pañosa en actitud gentil de galán de comedia calderoniana, se encaró con el artista. Le conocía bien y sabía tocar el registro conveniente.

—Ya veo que aquí estorbamos los pobres. Te has engreído, se te han subido á la cabeza las marquesas. De poco sirve que sea uno amigo viejo, el que pasó contigo tantas crujidas allá en América, cuando comías pan reseco y tasajo, ¿te acuerdas? y subías al andamio á embadurnar paredes... Tú ahora eres opulento, yo no tengo de qué... Si esas dos mil pesetas fuesen mías, ¡qué fiesta en mi hogar! Se hartarían los nenes; el pequeñín no se nos moriría, porque se nos ha largado el pendón del ama; mi señora se compraría calzado y un mantón de abrigo; consultaríamos al médico; satisfaría el pagaré. Lo que unos desprecian, á otros les daría la vida. Así es este mundo amargo... Conque, abur, hijo; dispensa...

Silvio se aplacó, se encogió de hombros.

—Tú eres quien ha de dispensar. ¡Dos mil pesetas no puedo dártelas! Á ver... ¿Con cuánto remedias lo más urgente?

El sablista, palpitante, indicó:

—Unas mil y cien... Menos de eso...

—Suprimido el pico, ¿eh? Las tendrás mañana á esta hora; y ahora lárgate... lárgate, y no pidas nada en diez años.

No quiso oir más el castizo tipo. Minutos después, en la acera de la Puerta del Sol, exclamaba loco de alegría, parándose ante una señora morena y pasada, que lucía monumental sombrero:

—¡Olé las jamonas hermosas!