—No te molestes... Yo abro...

Se encuadró en el marco de la puerta un criado de buena casa, rasurado, limpio, serio.

—De parte de la señora vizcondesa de Ayamonte, aquí está el importe de dos retratos, y deseo entregárselo al señorito Lago en persona, y que tenga la bondad de firmarme un recibí, si no le molesta.

El pedigüeño palideció de emoción.

—¿Cuánto trae usted?—preguntó balbuciente.

—Dos mil pesetas en un cheque... ¿El señorito Lago me hará el favor de recogerlas?

Silvio acudía ya á la antesala, turbadísimo. Le asfixiaba la vergüenza. Si Clara hubiese estudiado cómo humillarle, no procedería de otro modo. ¡Dinero; doble suma de lo convenido!

—Diga usted á la señora—pronunció extendiendo la diestra para rechazar el sobre—que los retratos nada valen y que le ruego me permita enviárselos como recuerdo.

—¿Estás loco? Pero, ¿qué haces?—saltó Crivelo, agarrándole de la manga.—¡Dos mil pesetas! ¡Que son dos mil pesetas!

—¡Al diablo!—Y Silvio dió un empellón al litógrafo, mientras el criado, después de saludar, se retiraba pausadamente.—¿Quién te mete en mis asuntos? ¡Pues hombre! ¡No faltaría! ¡Como vuelvas! Yo tiro á la calle lo que me da la gana, y esas peseteras pesetas lo primero.—¡Á ver!