—¡Qué disparate! Adelante, hombre. Ven á mi cuarto. En el taller no han encendido aún.
—Llévame un momento á ver las duquesas y las princesas que retratas...
—¡Princesas! ¡Echa princesas! ¿Quién os encaja esas mentiras?—gruñó Silvio, exasperado otra vez.
—Anda; como si no supiésemos que aquí tienes á lo más cogolludo de la corte. ¿Qué te haces con tanta guita como te llueve, hijo? No lo entiendo. ¡Quién tuviera tus manos! Á estas horas era yo rentista. ¡Y solo, solo, sin boca que te pida pan! ¿Qué dirías si te despertases padre de siete criaturas?
—Que era un fenómeno muy raro.
—¡Guasón! Quisiera que te dieras una vuelta por mi casa, Madera, 13, cuarto. Mi suegra, baldada de una ciática; mi señora, yendo á la compra y guisando; ya sabes que ella nació en pañales muy finos... Los chiquillos, rabiosos por tragar...
La cara típica, velazqueña, del litógrafo, expresó aflicción verdadera. Se conmovía al detallar sus ahogos, y no creía faltar á la sinceridad callándose que en parte eran fruto de su afición al café, al copeo de coñac y á matar el tiempo en teatruchos, dejando litografía y cuentas al cuidado del dependiente.
—Créeme, yo me evaporo por no ver lástimas... Aquellas paredes se me caen encima. El negocio, de remate. No se trabaja, no saltan encargos. Dicen que saltarán hacia Octubre. ¿Y mientras? ¿Me ahorco? Van á vencer los pagarés del material. Mañana mismo he de recoger uno. Como no lo recoja con pinzas... ¡Buena mujer! ¡Vaya una hembra!—exclamó sin transición, extático ante el retrato de Lina Moros, que Silvio acababa de volver para enseñárselo.—¡Eres el hijo de la dicha! ¡Pintas á éstas y encima te pagan!
Tilirín... La campanilla. Crivelo se precipitó.