—Bueno; otro día de comer frío...—calculó enervado el artista.—¡Cómo se multiplican las necesidades!... Habrá que tomar un criado...

Respondiendo á sus pensamientos, la portera advirtió:

—Salga usted si llaman. Abajo no quea nadie.

Silvio tragaba el último sorbo de te, cuando... tilín: la apremiante campanilla.

—¡Á estas horas!—refunfuñó, corriendo á la puerta.—¡Ah, eres tú!—murmuró desalentado, al vislumbrar la castiza jeta de Crivelo tras el embozo de una capa raída. Aquel eterno chupón se parecía más que nunca á un retrato antiguo, cuando subía tres dedos de chafado terciopelo carmesí á la altura del mostacho.

—Vienes en mala ocasión—declaró Silvio, atravesado en la puerta, como obstruyéndola.—Me encuentro sin un céntimo, chico; sin un céntimo.

El enjuto Crivelo se hizo atrás, desembozándose con gallardía hidalga. Era un completo tipo español, entre alabardero y soldado de los tercios invencibles; faltábanle tizona y chambergo, sustituído por abollado hongo.

—¿Quién te pide nada?—pronunció en tono de herida dignidad.—¿Ó te desdeñas de que entre á informarme de la salud?

Las mejillas de Silvio se enrojecieron. No había cosa más contra su genio que humillar á los menesterosos.