Obedeció el artista. Conocía que era imposible destruir el efecto de sus palabras, de su impremeditada confesión. Hay cosas que una vez dichas... Dió vuelta á la llave; las luces eléctricas, de dura claridad positiva, se comieron la de ensueño de la luna, y la Ayamonte rompió á andar, volviéndose desde el umbral para contemplar por última vez el taller, los retratos esparcidos, el contador reluciente de bronces, sobre el cual una Madona gótica, de madera pintada y estofada, sonreía con celeste ingenuidad, disputando una manzana al Infante. Permaneció Clara en el tocador pocos minutos; salió, arropada la cabeza en la mantilla negra, oculto el cuerpo por la holgada pelliza uniformemente obscura. Su cara, color de yeso, parecía haber adelgazado súbitamente, y sus ojos, enrojecidos, ardían, mientras la boca se consumía, y se afilaba, como en las agonías, la azulada nariz. El pintor se lanzó hacia la dama y la abrazó de estrujón, mientras cubría de caricias arrebatadas aquella mascarilla trágica, fría, sepulcral.

—¡Nunca te quise sino ahora!—repetía, persuadido de sentir así, en aquel pronto,—nena, nena; me hace daño verte tan pálida. ¡La boquita! ¡Quédate! ¡Vuelve mañana! Mira que te esperaré...

Ella se desprendió, desviándose con fuerza. Echó á andar pasillo adelante, llegó á la puerta, descorrió el cerrojo, tiró del resbalón...

—Dame al menos tiempo á coger sombrero y gabán... ¿Vas á ir sola hasta encontrar coche?

Estaba ya en el segundo rellano de la escalera, y desde él, entre la obscuridad, murmuró sencillamente:

—Adiós, Silvio.


Marzo-Abril.—Silvio se levantó de humor endiablado, rabioso contra sí mismo, al día siguiente de la ruptura con Clara. Por su gusto no saldría del abrigo del lecho; pero justamente, tenía citada á una cáfila de señoras... Saltó descalzo á los fríos baldosines, renegando de la dura ley. Mientras se chapuzaba en la palangana, estremecido, redactaba mentalmente la carta á la vizcondesa de Ayamonte. No para reanudar, ni menos para aceptar la propuesta... Para repetir que la quería como nunca la había querido; que se reconocía un miserable, y solicitaba de rodillas absolución.

—No pondría otra cosa el hombre más prendado—pensaba media hora después, al lacrar,—y en este instante me sale de dentro escribir así...; y si ella me contestase “bueno, iré á firmar las paces...”, soy capaz de volver á ofenderla para que se largue pronto. No; ella no es como yo; ella tiene distinto carácter; no pone aquí los pies. ¡La he precipitado desde tan alto! ¡Bah!—añadió, viendo entrar á la portera con el servicio del te.—Así emigrasen todas á Cochinchina... No sirven más que para levantar jaquecas como la que me está amagando. Se prepara el gran día... Oiga usted—añadió, dirigiéndose á la comadre.—Vaya usted á la botica por esta receta de migranina... ¡No ponga usted cara atontada! Al Continental, calle de Tetuán, que lleven esta carta... Encienda bien la estufa... Pásese por la tienda de marcos, que envíen lo que les encargué... ¿No me podría usted arreglar un puchero, algo de comida sana, para hoy?... ¿No entiende?

—Dios, ¡qué barbaridá! Entender, sí, señor...; pero no alcanzará el tiempo, señorito... Primero que despacho tanto divino recao... Y la portería abandoná, porque á mi esposo hoy le han avisao de la Ministración pa unos papeles...