Al exclamar así, Clara arrastró dulcemente á Silvio al canapé. Á fuer de legítima apasionada, dolorida aún por el desamor, siempre fiaba en los ardides de su corazón, en el contagio de su ternura. El artista frunció el ceño y volvió á desceñir los blancos brazos, que surgían de las holgadas mangas de encaje antiguo. Torvo y malhumorado, en pie frente á Clara, alzó los hombros.

—Eso, eso es lo que hay... Me quieres... ¡Razón suprema! Las mujeres, cuando os encapricháis... Aquí el juicio lo represento yo. Tú, no más que la impresión del momento. Casarnos, y tenerme siempre contigo. ¡Te lucías! ¿Qué ibas á tener? ¡Ni mi cuerpo siquiera...!

Silvio comprendía que se expresaba desvergonzadamente, y no acertaba á remediarlo... Sus nervios, como siempre, mandaban en él; los sentía tenderse de impaciencia, de enojo, ante el amor de una mujer dispuesta á coartar su libertad bohemia, unciéndole á un yugo áureo. “¡Dinero!” pensaba. “¡Todo lo resuelven con dinero!” Y la aspereza, la brutalidad, crecían en él; á puñadas se hubiese defendido.

—¡Ni mi cuerpo!—repitió.—Es preciso que me conozcas á fondo, y que me dejes por cosa perdida. Hace cuatro ó cinco días lo más, en ese mismo canapé, estaba sentada la modelo de pago, una gitana que huele á bravío; y yo... sin acordarme de ti, como no me acordaría de otra, aunque fuese la misma Dulcinea... Ya ves qué poco me parezco á tu ideal; ya ves cómo engañan mis ojos, mi gesto de melancolía sublime... ¡Si supieses! Tengo un primo panadero, que es mi retrato. Estoy por escribirle: “vente, repartiremos las conquistas...” ¿Qué diría él amasando sus roscas?

Aquí el atroz monólogo se interrumpió. Del canapé no salía ni protesta ni sollozo. Clara se arrebujaba apresuradamente en el abrigo; largos escalofríos recorrían su cuerpo. Sus dientes se entrechocaban. El ruido imperceptible, rítmico, que producían, aterró á Silvio al modo que aterra á los medrosos el trueno. Corrió á arrojarse á los pies de la dama, prosternado.

—Te he ofendido, nena. Perdón. Soy un vil miserable; no hagas caso, despréciame. Hay horas en que no sé lo que digo ni lo que hago. ¡Perdón, perdón!

Clara no se movió. Rebozada hasta los ojos, temblando, tartamudeó muy quedo:

—Lo vil, lo miserable, es esto que llaman amor. ¡Qué vergüenza!

Y añadió con imperio, irguiéndose:

—Enciende... Voy á vestirme.