—¡No importa!—gritó Clara descubriendo toda su sed mortal de sacrificio.—No pienses en mí. Que triunfes... y me basta. Soy tu pedestal. Písame... No voy á caza de dicha. Nunca esperé conseguirla queriendo. ¿Te acuerdas del primer día? Lloraba...
—¡Válgame Dios! ¡En qué conflicto me pones!—articuló Silvio, algo conmovido, abrazándosela.—Hay verdades demasiado descarnadas... Bueno, ¡qué remedio! Las soltaré. Serías infeliz tú y más infeliz yo. Á los ocho días, ¿sabes? viviendo con ella, viéndola peinarse, comer, toser—no hay mujer que no me hastíe. ¿Digo hastío? Aborrecimiento. Me juzgas por mi carita y por el tipo Van Dyck. No me conoces. Soy muy bárbaro, mucho. Además estoy embrujado. Sólo existo para mis sueños...
—¡Ay de mí!—sollozó Clara.—¡Yo también!
—Sí... ya lo voy notando. ¡Por algo dije que nos parecemos... en la expresión de la fisonomía! Tu sueño es de amor, el mío... de belleza, de gloria; el tuyo es natural, el mío á veces creo que diabólico. Venga del infierno ó del paraíso, ¡le pertenezco!
—Es que no me querrás—balbuceó Clara.
—No; de esa manera que tú desearías... no—repitió ferozmente Silvio.—Perdona; ya convinimos en que todo, excepto mentir. No te quiero así, y llegaría ¡yo qué sé! ¡á odiarte!
Ella vaciló, se esforzó para no desplomarse bajo el golpe.
—Lo sabía—arrancó con dolor inmenso.—Sólo que no quería saberlo... ¡Haces bien en no engañarme!
—No lo mereces. Si te engañase, sería aún más malo de lo que soy. ¡Ah! Soy malo: por éstas: malo, desalmado. Sólo tengo entrañas para mi loco deseo de pintar como los semidioses. Á trueque de conseguirlo... mira... á mi propia madre hubiese echado al arroyo, como á un perro. ¿Y qué tiene de extraño? El sentido moral se suprime ante estas ideas fijas. Ó demente, ó bribón: escoge. ¡Vaya un marido que te preparabas!
—Escucha, Silvio—imploró Clara con humilde mansedumbre.—Expliquémonos sin rodeos. Lo que te ofrezco es justamente el único medio que existe de que sigas tu vocación. Te estás incapacitando para ella. No creas que no entiendo algo de arte. Retratos por oficio, pueden hacerse unos meses, un año; pero á la larga, te amanerarás. Rompe los grillos. Yo seré feliz si tú eres grande. Necesito un objeto, una obra... Hay en mí un pozo de amargura, una estepa de soledad. Mi propia vida no me importa casi. Hacer de ti lo que estás llamado á ser, me bastará para recompensa. Si te hastías... viajarás, volverás. Tendré calma. No me induce cálculo alguno... ¡Te quiero tanto!