—De ti sólo depende redimirte de esta esclavitud...
—¿Cómo?
Un susurro, especie de caricia al oído.
—Casándonos...
La voz, ¡qué ronca! El corazón, ¡qué desquiciado! Los ojos, ¡qué humildes, qué imploradores!
Silvio, en un rato, no contestó. Se creería que no había entendido. Al fin... Clara trepidaba de ansiedad... Al fin, se echó á reir jovialmente y se puso en pie de un salto.
—¡Casarnos, nena! ¡Casarse! Y eso, ¿cuándo se te ha ocurrido? ¡Pobrecilla! Á ver: ¿es discurso del padrino... ó tuyo?
—¿Por qué me contestas así?—repuso Clara irguiéndose á su vez, recobrando energía ante lo que tomaba por burla.—¿Qué motivos tienes? ¿Quieres á otra? ¿Me desprecias mucho, porque... por lo que hay entre nosotros? Franqueza, Silvio... la verdad.
—¡Entera!... De haberte mentido á ti, que no lo mereces, jamás tendré que acusarme. Se les miente á las coquetas, á las tunantas... Á las buenas... no. Tú eres algo romántica; no sé si te convencerá lo que te diga. ¡Es tan prosaico! Es que yo no puedo casarme, ¿sabes? ¡No sirvo para tal vida: serías la mujer más infeliz!