—¡No! Si está divino el taller ahora; y además, para lo que vamos á charlar... ¡prefiero el misterio! Súbeme el abrigo... así...
Silvio obedeció. Era el abrigo amplia pelliza de seda acolchada, obscura y modesta por fuera, al interior forrada de riquísimo brochado azul modernista. Clara echó sobre los hombros del artista un pedazo de la fastuosa envoltura, y al sentir que el mismo tibio ambiente les rodeaba, se decidió:
—Vamos á tratar de cosas formales... Déjame enterarme... ¿Tienes probabilidades de romper la cadena? ¿Podrás dentro de poco renunciar á los retratos y dedicarte á lo serio?
—¡Pch!—murmuró Silvio, interesado en la conversación.—¡Hija mía, eso es fantástico!... ¡Por ahora al menos... y hasta sabe Dios qué fecha... héteme cogido, atado á la rueda, vuelta y dale! Gano y gasto; ¡no sé cómo lo arregla el demonio! Tengo un ahorro insignificante en poder de la baronesa de Dumbría, que me lo guarda para que no lo derroche, pero es por si enfermo y muero, no tengan que enterrarme de limosna...
—¡Calla!—gritó Clara, estremecida.—¡Loco! á ver si te pego en la boca para atajarte el disparatar... Si yo me alegro, me alegro, de que el remolino de los retratos smart no te dé resultado para cumplir tus anhelos... ¿No sería bonito—dí—hacerles una reverencia de corte á todas las majaderas que vienen pidiéndote perlas de Cleopatra y veinte años perpetuos, y volar adonde la vocación te llama?
Silvio inclinó la cabeza con desaliento.
—¡Bonito! Más que bonito, precioso... ¡Me encuentro tan harto ya de producir calcomanías! Perdona; tu famoso retrato, que nunca se acababa porque no queríamos que se acabase, ese... calcomanía pesetera... ¿Á qué discutirlo? El de tu padrino... regular... Le falta... algo le falta, ¿eh? no pienses que yo no lo comprendo. Le falta nervio, puño, arranque... ¡El afeminamiento no se sacude en un día! Bueno: también creo algo aceptable ese estudio de Lina Moros con el traje ceñido de paño prune. Verdad que las líneas de esa mujer son de una perfección desesperante. Nunca las copiaré en todo su hechizo.
Clara se desvió del artista, rápida, involuntariamente. No era la primera vez que sentía celos bajos y degradantes, por lo mismo más torturadores, de la beldad profesional con tal insistencia reproducida por los lápices de Silvio, con tal entusiasmo elogiada por su boca.
—He dicho una tontería—murmuró él, percibiendo el movimiento retráctil de la dama.—Es que Lina es para mí como un modelo: la estudio y la estudio, pues entre las que cobran no hay formas así... No estés triste—continuó apiadado, acercándose á Clara con cierto infantil mimo.—Eso es arte, y yo... artista me conociste y artista seré.
Ella adquirió entonces un poco de valor. Deseaba sobreponerse á todo egoísmo, elevar, acendrar su pasión humana. Suplicante, precipitada, lanzó el gran propósito.