—Sea como tú quieres—exclamó él, enviando á Clara una sonrisa de indulgencia y bondad infinita.

Sin preocuparse de la presencia del criado que servía, correcto é impasible, Clara se levantó de súbito, y fué á besar la frente y el arranque del pelo ya casi blanco, todavía arremolinado con brío juvenil, del Doctor.


Á las diez y media de aquella misma noche, el taller de Silvio Lago se encontraba plenamente iluminado por la luna, que se filtraba al través del amplio ventanal de vidrieras. La puerta que comunicaba con el pasillo se abrió despacio, y un grupo de dos figuras estrechamente enlazadas fué á reclinarse en el canapé Imperio, sembrado de fofos almohadones, y donde la claridad del satélite recaía con prestigios de teatral decoración. Un momento la mujer permaneció recostada en el pecho del hombre; pero éste se desvió de pronto, y descolgando de la pared una guitarra que formaba trofeo con dos caretas japonesas, y arrimando al canapé una silla bajita, empezó á puntear distraidamente una jota. Lo trivial de la música podía perdonarse en gracia de lo atractivo del escenario. Los muebles, los objetos de arte, el contador, el arcón, adquirían en la penumbra suave dignidad y misterio. El soberbio retrato de Luz, allá en el caballete, cerca del estrado, recibe un rayo de plata en fusión y parece moverse y respirar. Y la mujer reclinada sobre los almohadones, sonriente, marmórea, alargando los brazos, se asemeja á una estatua amorosa, que llama y atrae, para murmurar al oído la última regalada confidencia.

—¿Te aburre mi guitarreo?—preguntó Silvio con resignación.—¿Quieres que te traiga una copa de Málaga y unos dulces?

—No...—respondió Clara.—Quiero que vengas aquí, aquí.

Ojos menos vendados que los de la Ayamonte hubiesen observado en el movimiento de aproximación de Silvio una violencia nerviosa, rayana en repugnancia. “¡Todavía!” La cruda palabra no asomó á los labios; se quedó en los recovecos del cerebro, donde el pensamiento se desnuda cínicamente.

Clara pasó el brazo alrededor del cuello del artista, atrajo hacia sí la frente y halagó con su mano de raso las sienes húmedas. Los dedos de la enamorada entrejugaron con el rizado pelo rubio obscuro, despeinado y revuelto entonces.

—¿Quieres que dé luz, nena?—interrogó el prisionero, deseoso de evadirse.