—Molestarme, no... Es que me da pena que te inspires en Angustias Camargo y los bobos de su trinca...
El resto de la tarde, tía y sobrina conversaron de una manera forzada. Ni en Lhardy, al mordisquear los petits fours, se aflojó la tirantez. Micaela rumiaba el descubrimiento; Clara no podía calmar el hervor de la indignación. ¡Silvio, un modisto! Sola ya en el coche, habiendo dejado á la muchacha á la puerta de su hotel, sonrió Clara y se frotó las manos nerviosamente. ¡Ya verían si era modisto, cuando ella le colocase en situación de desplegar las hermosas alas de su genio!
Disipó prontamente esta idea el remolino de las otras. La dulce calentura de la esperanza, una vez más, abrasó las venas de la Ayamonte. Al rodar de la berlina, que se abría disputado paso por las calles atestadas de gente, la enamorada, aislándose, cayó en una de esas meditaciones del porvenir que jamás supera, ni aun iguala, la realidad. Era un ensueño amoroso que mucho tenía de heroico, en el bello sentido de la palabra, pues Clara adivinaba y paladeaba el sacrificio. “Todo por él... Con él, á las Mecas del arte: París, Florencia, Amberes... Los medios de estudiar, de combatir, de vencer... Su triunfo, debido á mí; su gloria, obra mía...” Y el sabor de la abnegación era como de miel, y su fragancia como de vino puro y añejo, que embarga los sentidos.
Al encontrarse el padrino y ella sentados fronteros, á la mesa del comedor, demasiado amplia para dos personas, por cima del centro de mesa de jacintos y blancas lilas, Luz buscó el mirar de Clara, y lo encontró, y sintió su fuerza. Nunca tanta riqueza espiritual había brillado en aquellas pupilas radiantes.
—¡Tal vez ahora sea feliz!—pensó el Doctor.—Y en voz alta, deseoso de traer la conversación á terreno simpático:
—¿Sabes que mi retrato cada día me gusta más? ¡Desde que tiene toda la intensidad de los toques de color, me parece tan franco, tan sincero, tan yo! Obra maestra, niña.
No respondió Clara. Interrogaba con los ojos, y la ojeada, imperiosa y expresiva, penetró en la voluntad del sabio como un cuchillo.
—El talento es innegable—prosiguió él.—Sólo necesita ambiente, y... salud. No es fuerte, no es demasiado robusto nuestro artista... Tengo el deber de decírtelo, Clara, antes de que... Noto en él predisposiciones nada tranquilizadoras.
Clara continuó silenciosa. Bebió de un sorbo su copa de Saint-Galmier, carminada con Burdeos. Y fresca la garganta, en tono resuelto, con la lentitud que da á las palabras gravedad solemne:
—¡Padrino—articuló,—lo que notas en él son rastros de la miseria, heridas de la batalla! ¡Si estás conforme y ratificas tu benevolencia, habrá ambiente, y salud, y celebridad y todo!