—¿Cuál es para ti la felicidad? Porque tendrás alguna aspiración, criatura—pronunció reflexiva la Ayamonte.

—¿Aspiración? Quisiera un marido rico, rico. Eso nunca estorba; después, muy bonita casa, jardín, instalación de verano en Zarauz ó por ahí, viajecito de otoño, mil comodidades, sus fiestas en invierno; pero menos jaleo que mamá, menos pingos, y en cambio, un cocinero; ¡oh, ideal! Soy golosa...—y pasó su lengua roja y húmeda por los labios.

—¡Pasión de vejez!—exclamó con extrañeza Clara.—¡Á los diez y siete no cumplidos!—Y, transigiendo, indiferente, añadió:—Al volver iremos á Lhardy.


Recorrían la larga avenida solitaria del Prado, dirigiéndose á Recoletos, donde ya bullía la gente mesocrática, trapitos al sol, paseando ó sentada cara á los coches, curioseando ávidamente un perfil conocido, un abrigo de última. La berlina torció hacia el Retiro. Los cascos de los caballos percutían con ruido rítmico, pleno, el suelo raso, bien nivelado; el correaje de los arneses crujía de flamante; ligera espuma revolaba sobre los frenos. Una impresión de superioridad, de existencia amplia y lujosa, surgía, no sólo del paso raudo de los trenes, sino del parque, esmeradamente cuidado, del noble aspecto de la vegetación, de las plantas raras, lozanas, fuertes, de las canastillas en temprana florescencia, de las blancuras de estatua entrevistas sobre el verdor del grass. Ni siquiera formaba contraste la aparición de los dos ó tres golfillos mimados, privilegiados, que postulaban familiarmente, llamando á los aristócratas por su nombre, poniendo cara de risa, colocando chistes de teatro y almanaque, porque allí, entre los señorones, no vale pordiosear con lástimas. Los golfillos, conocedores de su clientela, iban limpios, lavados, y deslizaban, entre su postulación, al oído de alguna señorita: “Por ay viene el sito Andrés, á caballo... Junto al Angel quedaba”. Á Micaela Mendoza nada tenían que avisarla los golfos correveidiles. Era de esas hijas de madre bulliciosa, á quienes en los primeros tiempos de su salida al mundo envuelve y eclipsa el remolino maternal. No se impacientaba Micaelita: sentada la cabeza, aguzado el olfato, ojo avizor, aguardaba la hora...

Á inconmensurable distancia espiritual del cuerpo juvenil que rozaba con el suyo, Clara, asomando la cabeza por la abierta ventanilla, miraba hacia la avenida donde pasea la gente de á pie, menos numerosa, algo más selecta que en Recoletos. Una vuelta... pero nada divisó. Experimentó esa sensación de vacío y aridez que producen las multitudes cuando entre ellas no está lo único que interesa. Á la segunda vuelta, cerca ya del grupo de rebajuelos pinabetes, vió Clara algo... Su delicada palidez se acentuó; un estremecimiento de felicidad, hondo, impetuoso, como jamás lo había experimentado cerca del mismo Silvio, activó el curso de su sangre y aceleró su respiración, al divisar al artista, al cambiar con él una sonrisa de saludo y una seña imperceptible.

—¡Hola! ¡El retratista guapo!—exclamó Micaelita.—¿Vas allí, eh? Hay bebedizos en sus pasteles. Dicen que es un modisto delicioso. Mamá empeñada en que yo me he de retratar con mi traje azul y ella con su gran caparazón vert amande, de Laferriére... ¡Y qué bien se arregla ahora! ¡Si va hecho un gomoso!...

Las palabras de su sobrina convirtieron en nácar rosa el marfil de la piel de la Ayamonte; y su voz, enronquecida, subía del moderado diapasón habitual cuando pronunció:

—Repites las tonterías que oyes, Micaela, y eso no está ni medio bien. Á tu edad más vale callar cuando no se sabe lo que se va á decir. Lago no es un modisto, sino un gran artista, como lo prueba el retrato de mi padrino que está terminando; pero la gente no entiende y sale del paso con vulgaridades.

—Perdona, tiíta—murmuró Micaela, entre confusa y avispada.—Si sospechase que ibas á molestarte...—Y la sorprendió con un abrazo para convencerse de que palpitaba toda.