—¡Cuando digo que ha tomado usted tierra demasiado pronto! ¡Nada se le escapa á usted!—replicó la Palma.—Á un lado maledicencias é historias añejas. Clarita vale mucho. La pobre no ha encontrado, por ahora, quien fije definitivamente su corazón. ¡Si usted lo consiguiese, tengo el presentimiento de que sería usted muy dichoso! Además, su posición...
—Pero, ¿de dónde sacan todo eso?—protestó Silvio.—Quisiera yo averiguarlo... ¡Pues es una friolera!
—Amigo artista... Los impulsos del querer nos venden... Acababa usted de negarles turno á Angustias y Leonor, y entra Luz y todo se acaramela usted y se lo concede inmediato.
—Ya lo creo. ¡Cien turnos! Condesa, ruego á usted que se moleste en subir mis escaleras y ver el retrato del Doctor. ¡He sido tan feliz con ese trabajo! Una cabeza viril, seria, algo que he podido retratar y no contrahacer... Un estudio de lo real... Es lo primero de que, en el pastel, estoy menos descontento; lo único que expondría sin gran bochorno. Minia Dumbría lo pone por las nubes... y cuidado que Minia es implacable. ¡Y el modelo! De ese sí que estoy prendado. Nos hemos entendido. Me ha tomado cariño en pocos días. Con él, al fin del mundo...—añadió sin desconcertarse bajo la mirada azul, penetrante, de la dama, que, cortando el aparte con su maestría de salón, retrocedió lentamente hacia la serre, á depositar sobre una mesilla la taza de porcelana blasonada donde aún se enfriaba un tercio de café.
Á la misma hora, Clara Ayamonte se disponía á sacar á paseo á su sobrina Micaela Mendoza. Mientras Adolfina enseñaba á su cuñada algunos trapos de reciente adquisición, y la instaba á tomar parte en un abono á unos jueves de moda—“real orden de Julieta Montoro; hija, no hay remedio, no se puede faltar”—la muchacha se prendía el sombrero, se calzaba los guantes, pedía el manguito, y un cuarto de hora después, en la estrecha berlina de Clara, al trote del bonito tronco flor de romero, bajaban inundadas de sol por la Carrera de San Jerónimo, hacia el Prado. Frente al Hotel de Rusia, Clara hizo parar el coche, saltó á la acera, entró en casa del florista, cuyo escaparate es una fiesta de primavera en pleno invierno, y salió con dos gruesos ramos de violetas y gardenias y un mazo de rosas rubí y tallos diminutos de combalaria. El coche se inundó de perfumes; Micaela bajó el vidrio y acomodó su ramillete en la ranura, ostentándolo.
—Tía Clara, á ti hoy te pasa algo. Estás muy guapa, muy sonrosada; te relucen los ojos y has comprado doble surtido de flores. Siempre las compras sólo para mí, diciendo que son propias de mi edad...
Clara rió, excusándose.
—No, á mí no me engañas—insistió la chiquilla.—Yo no me las trago como mi madre. Te pasa algo. Moritos en la costa, ¿eh? Y qué tal: ¿es digno del honor de ser mi tío? Anda, cuéntame. Yo callo; ni con tenazas me arrancan tu secreto. ¿Es tu flirt, Lope Donado, que te persigue?
—¡Qué aprensión tan graciosa! Figúrate; las flores son para ti y para Adolfina; tú se las entregarás al subir á casa. Ya sabes, Micaelita, que estoy fuera de juego completamente. Amoríos, á las niñas como tú.
—¡Quiá! ¿Me mamo yo el dedo? La edad de las emociones es la tuya; á la mía no hay sino sosera. Yo vegeto, y un día me entrecasarán... Ea; que entre mis papás y yo, nos casaremos; digo, me casaré; ellos ya están casados hace rato; la prueba á la vista la tienes. ¿Emociones á mí? Ni las siento ni las concibo. Dicen que después aparecen las malditas. Pienso hacerles la cruz. Emocionarse para desemocionarse, y vuelta otra vez á la noria, y sube el cangilón de abajo, y baja el cangilón de arriba, y disgusto va, y disgusto viene, y tener ojeras y enfermarse de un qué sé yo qué cardíaco... No, tía; ¡no hay tío que valga eso!