—¿Y para qué sirve el arte, la mañita? Hay que congraciarse con cierto círculo; ya sabe usted que es reducidísimo, y una sola enemiga nos puede hacer mucho daño.

—Con protectoras como usted nada temo. ¡Déjelas usted! Así que desaparecieron del taller, me puse de buen humor. ¿Se representa usted mis apuros ante los huesos de los codos de Angustias Camargo? Cuando veo á esa Angustias, ¡me entran unas ídem!

Sofocada de risa, la Palma se llevó á Silvio más lejos, á un rincón solitario del gabinete árabe que con la serre comunicaba.

—Ha tomado usted tierra muy pronto; admirada me tiene usted—dijo al artista;—no he visto á nadie que cayendo aquí de improviso se desenrede y conozca las menudencias de sociedad como usted. ¡Indudablemente ha nacido usted para retratista de elegancias! Pero conmigo no valen disimulos; me han informado perfectamente. Lo que ocasionó que á usted se le atragantasen Angustias y Leonor fué que dijeron algo poco amable de la simpática viuda...

—¿Qué viuda?—murmuró Silvio, muy atortolado.

—Vamos, hágase usted de nuevas... Clarita, Clarita... No, es aparte; hizo usted bien en defenderla...

—Pero si ni la atacaron, ni la defendí...

—¡Es muy buena Clara!—declaró la condesa con su seria indulgencia de mujer intachable.—Es buena, á pesar de la educación desastrosa y sin freno recibida de su padrino, que será un sabio profundo, no lo niego, pero en ese particular...

—¿Padrino?—recalcó Silvio con afectada ingenuidad, que velaba una curiosidad caprichosa.