—Por lo visto, retrata usted á Clara y á lo que resta de su familia...
—No entiendo, duquesa.
—Es usted muy nuevo en estos círculos—lanzó la Camargo, que no quiso guardarse la pulla.
Las dos salieron, dando á la puerta, que Silvio no tuvo la ocurrencia de cerrar, seco porrazo. El pintor, no obstante, había comprendido, recordando insinuaciones transparentes de la Sarbonet; alzó los hombros, y minutos después buscaba en la fisonomía, bien delineada é interesante, de Mariano Luz, semejanzas con la mujer que le abrumaba á fuerza de pasión. La conclusión fué ésta:
—Me gusta más él que ella. Él, con esos mechones grises, arremolinados, esa tez morena, esa frente pequeña y surcada, tan inteligente, tiene una cabeza de estudio. Loado sea Dios. Descansaré de encajes y rasos.
Era el final de un almuerzo, en casa de Palma, en la serre, á la hora del café. La condesa llamaba con discreto siseo á Silvio, y le arrinconaba, cerca de una palmera cuyo tronco surgía de un embrollo de tela rameada, de colorido suave.
—Venga usted aquí, venga usted aquí, picarillo... Me han contado muchas cosas... ¡Todo se sabe!... En primer lugar, ¿qué ha hecho usted á Angustias Camargo y á Leonor Calatrava, que tan furiosas las tiene? Ahí está una cosa que deploro: las dos nos convenían mucho para la campaña; y si van diciendo pestes de usted, y que recibe usted á la gente punto menos que á tiros...
—¡Dios mío! Condesa, exageraciones. He tratado á esas señoras como debía, con respeto; lo único que hice fué negarlas turno. Francamente, prefiero otros modelos: de ahí no se saca una aleluya. La Angustias parece un mango de escoba tiznado de almazarrón, y la Leonor un clown acabado de enharinar. No hay tintas posibles con ese par de cutis.
Divertida y sin querer confesarlo, la Palma protestó: