—¿Viene usted á admirar el retrato de la ahijada...?

—No á eso sólo—declaró Luz, saludando á Silvio y presentándose con sencillez á sí mismo.—Vengo á que también me retraten á mí: digo, si el artista está conforme...

—¿Pues no he de estar?—gritó aturdidamente Silvio, emocionado.—No sabe usted qué satisfacción es para mí. ¿Cuándo desea que empecemos?

—Dé usted las gracias, Doctor—pronunció la incisiva voz de la Calatrava.—Es una distinción extraordinaria la que merece usted. Acaba de desahuciarnos á nosotras porque no tiene hora disponible...

Silvio clavó sus ojos garzos, obscurecidos por la irritación, en la dama, y dijo categóricamente, con la franqueza palurda que en ocasiones le subía, irresistible, á la boca:

—El Doctor es persona que trabaja mucho; yo respeto su trabajo y le sujeto el mío. Ustedes, en cambio, estarán tan desocupadas dentro de un año como ahora.

Rióse Luz, invadido por repentina simpatía; y la Camargo, saludando para despedirse, soltó en voz agridulce:

—La prueba de que estamos desocupadas Leonor y yo, es que hemos venido á perder el tiempo. Doctor, adiós. No se moleste, Lago...

Las acompañó Silvio, algo volado, hasta la puerta. En el recodo del pasillo, la Calatrava, desdeñándose de parecer picada y de guardar un silencio que lo demostrase, cuchicheó: