Casandra.—Tengo miedo, miedo delicioso.

Belerofonte.—Acércate á mí. No tiembles. Aquí hablaremos libremente. ¿Qué es lo que tanto ansías decirme?

Casandra.—Casi no lo recuerdo. Antes de verte componía mil discursos para recitártelos; y ahora que estoy á tu lado, ni una sola frase se me ocurre. Sin embargo, algo grave... (Dando un grito.) ¡Ah! Sí, ¡ya sé, ya sé! ¡Huye, huye cuanto antes de este palacio! Mi padre tiene encargo de darte muerte.

Belerofonte.—¿Encargo? ¿Á mí?

Casandra.—Las tabletas que trajiste contenían un mensaje de Preto... ¿Comprendes? (Pausa. Belerofonte guarda silencio.) ¡Veo que comprendes! (Con horror.) ¿Era cierto?

Belerofonte.—Sí, Casandra. No he de mentir; cierto era.

Casandra.—¡Mi hermana!

Belerofonte.—Te amé en ella antes de amarte en ti misma. Es tan hermosa como tú, pero tú, piadosa virgen, por dentro eres blanca como el vellón de las ovejas de tu aprisco; á ti, no á ella, aspiraba mi espíritu, ansioso de algo muy grande. La propuse que siguiese mi errante destino y rehusó: no quería dejar el palacio donde es reina, el lecho de marfil, las ricas estancias con artesonados de cedro. No me quería.

Casandra.—Yo iré á donde tú vayas, y pisaré tu huella con los pies descalzos. Si esposa, esposa; si amante, amante; si esclava, esclava. La helada Escitia y la Líbia ardorosa, infestada de áspides, me son iguales contigo. Descender al reino de las sombras reunidos, ¡qué alegría! Tu vista fué para mí como filtro de maga. Quisiera bajar á lo más secreto de tu espíritu, como bajan al fondo del Océano los buzos para traerme las perlas de mis collares.