Belerofonte.—Baja, y sólo encontrarás tu imagen celeste. Casandra, mañana á esta misma hora huiremos de aquí juntos.
Casandra.—¿Mañana? No; hoy mismo, ahora. ¿No ves que quieren hacerte morir? Pronto, pronto. Conozco el camino hasta la selva: he ido allí con mis rebaños. Te guiaré.
Belerofonte.—Antes de arrebatarte de aquí como el milano á la paloma, tengo que cumplir mi destino heroico: tengo que vencer y exterminar á la Quimera.
Casandra.—¡Á la Quimera! ¿Pero no ves que ése es el medio que han elegido para enviarte al reino de las sombras? Nadie vencerá al monstruo. Hace pedazos á quien se aproxima. No irás: te sujetaré con mis brazos.
Belerofonte.—Iré y la venceré. Presiento que la sombría Diosa que me guía, la más poderosa de todas, la Fatalidad, cuyo templo se eleva frente al palacio de mi padre, ha decretado que al endriago lo extermine yo. La sola idea del peligro y del horrendo combate, la perspectiva del momento en que hundiré mi espada hasta el puño en el escamoso pecho de la Quimera, mientras sus garras de acero pugnarán por clavarse en mi cuerpo y resbalarán sobre la tersura de la coraza, ¡ah! estremece mi corazón de gozo y de locura, como á la virgen el abrazo del esposo. Casandra, Casandra mía, ¿de qué nos sirve haber sido concebidos en el vientre de nuestras madres y haber visto la luz de Apolo y gustado el tuétano y el añejo vino, si hemos de vivir en cobarde obscuridad? Antes morir joven, espiga segada verde aún, que envejecer en miserable inacción. Déjame ir á la Quimera. La adoro con rabia: ¡de otro modo que á ti! ¡pero también, también la adoro!
Casandra.—Yo siento igualmente una especie de atracción extraña por el monstruo. Quisiera conocer su aspecto terrible. ¿No sabes? Desde que apareció por estos contornos, mi padre no me permite salir al aprisco ni visitar los establos. Teme que encuentre al monstruo y sufra la suerte de otras doncellas, que arrastró á su cueva para devorarlas. Y yo, sin pavor, anhelo verla: mis ojos tienen sed de ella, como tienen sed de ti.
Belerofonte.—Muerta te la traeré y á tus pies arrojaré sus despojos. Y mañana, á esta hora...
Casandra.—¡Juntos!
Belerofonte.—Para siempre.