Apenas lo pienso, trepida la escala, luego pavorosamente se balancea. Oscila, oscila como un péndulo, y oigo el acompasado retemblar de una campana al golpe del badajo—campana rota, que no suena y vibra.
Me rehago. Me resigno á caer. La escala no bambolea ya.
Sigo la ascensión. Peldaños, peldaños, la sensación de la enorme altura. Vértigo y en las palmas hormigueo, que tienta á abrir la mano y á soltar los montantes. La escala oscila otra vez.
Me rezuma de cada pelo una gotita glacial. La piel de mis manos se ha quedado pegada al hierro raspón.
Y al dolor agudo noto mayor ansia de subir, de continuar, de engarzar peldaño con peldaño y tormento con tormento.
Aún no estoy en la cima.
Subo, trepo, me arrastro; alzo el pecho á manera de serpiente pisoteada y malherida.
Me detengo, porque se me va el sentido y la fuerza se acaba.
Y entonces advierto que he llegado.
¿Adónde? Se me figura estar al pie de un muro colosal, hecho de tinieblas sólidas.