Y sólo entonces, bajo el soplo amoroso, conocerás que has resucitado”.

Sin aliento y sin ánimo me dejé caer ante la puerta de bronce.

El amor es ponzoña de víboras, pensé, y mi corazón está hinchado y negro porque no se recató de la mordedura.

Gangrenadas tengo las entrañas, y en mis venas corre el veneno de su descomposición.

“¡He pecado, he pecado, he pecado!”

La puerta entonces, majestuosamente, giró sobre sus ejes sonoros.

La sentí abrirse de par en par, y el aire que conmovieron sus magnas hojas me refrigeró, aliviando mi calentura.

La voz cantaba esta himnodia:

“Desde hoy ese corazón graso y pesado y que mordió el áspid va á serte extraído, y en su lugar te pondré otro leve, transparente, de diamante y llama; y con él amarás amores desconocidos, ternuras mozas, de aurora y de primavera en floración.