Abierta está la puerta; crúzala. Descubre el pecho, te lo sajaré, y verás cuán dulce es de recibir el corazón niño, cofre lleno de perlas que rebosan”.
Y franqueé la puerta, y todo seguía siendo sombra, pero sombra tibia, cruzada por soplos de brisa como la que viene de agitar ramas de árboles bañadas de sol. Descubrí sin desconfianza mi pecho, y sentí como si me arrancasen todo lo encerrado dentro de su caja y lo arrojasen lejos de mí.
Y en vez de padecer desfallecimiento, mi respiración fué más tranquila y mi cansancio se disipó y mis pies heridos se curaron.
Veía mi nuevo corazón como había visto el antiguo, al través de una placa de cristal; pero éste no palpitaba: lo veía quieto, sin bullicio de sangre, alumbrado por una lámpara inmóvil, muy pura.
Y me dejé caer al suelo, que era de pradería tapizada de flores. Mis manos se hundieron en lo mullido y quedaron impregnadas de buen olor.
TERCERA MEDITACIÓN.—LAS LÁGRIMAS
Y lloré copiosamente, de alegría.
Según lloraba, decía muy alto, á fin de que me oyesen:
“Al quitarme mi corazón viejo, pesado y graso, debieran quitarme también este cuerpo donde anidaron los áspides y sobre el cual pasaron los fríos reptiles.