Quisiera perder estas manos y pies que los clavos no atravesaron, que no se endurecieron ganando pan ni se helaron esperando á la puerta del rico.
Quisiera un cuerpo transido, paralítico, acardenalado, ulcerado, de nervios retorcidos por la enfermedad y maceradas y marchitas carnes.
¡Quién se viese en el rincón de un pórtico, envuelta en raída lana, tendiendo la mano, recibiendo el escarnio ó la moneda!”
Y la voz de armonía susurró:
“Todavía los sentidos te obscurecen la llama de la lámpara interior.
Los clavos atravesarán tu espíritu, y el dolor será más agudo.
Los padecimientos y miserias de tu alma, peores que si atacasen tu envoltura mortal.
Has tendido la mano pidiendo socorro de bondad, y has sido despreciada, y la escarcha de la noche ha envarado tus miembros.
Has palpitado de sufrimiento; en la tortura has gritado.