Un sudor de fatiga corre por mi sien; se me figura que me llaman apresuradamente, desde muy lejos, en tono del que avisa un peligro...
—¡Señorito! ¡Señorito! ¡Anda, se ha dormido como una piedra! ¿Se baja aquí, señorito, ó vamos á seguir?
Despierto sobresaltadísimo, me froto los ojos, no entiendo ni respondo en un minuto.
Estamos ante la puerta de los Viveros. La luna me baña en pleno la faz.
—No, no me bajo...
Y doy las señas de mi estudio.
Fines de Junio.—En el desconcierto de mis ideas sobre arte—porque tengo perdido el rumbo, y estoy como los devotos á quienes el ara se les viene abajo,—me acuerdo sin cesar, á cada hora, de aquel sueño raro que tuve en el camino de los Viveros, una noche de luna.
Los sueños son más directos, más leales que la vigilia.