Sospecho que ella, por su parte, me vería en el banco del garrote, argolla al cuello, y, pudiendo, no abriría la argolla; es verosímil que prefiriese no perder la emoción.
El sentimiento hacia ella, en mí, unas veces es acre curiosidad, otras irritado deseo de subyugarla, otras antipatía repentina, el gusto imaginado de pegarla un latigazo que saque sangre; otras atracción inexplicable, complicada,—una perversión que descubro en mí, y que me asombra sin desagradarme, pues no puedo aguantar á la gente bonachona, de psicología blanca.
Espina me atrae, tal vez por el sumo refinamiento de su existencia y la desdeñosa altanería con que prescinde de las nociones admitidas y vulgaronas.
No es la Porcel una de aquellas rebeldes románticas que siempre estaban á vueltas con la moral, y que, al combatirla, la afirmaban: sencillamente, para Espina no existe eso, ni nada, fuera de lo bonito y lo selecto, de ese aquilatamiento sensual de la exterioridad, que hace de ella una especie de Cleopatra,—pues, como le sucedía á la reina de Egipto, su vida es inimitable. En otros términos: probablemente me atrae Espina porque es exaltadamente elegante y rematadamente mala.
Comprendo que lo primero se justifica, mientras lo segundo es dificilillo de justificar, aun cuando no tengo otro juez aquí que yo mismo; pero sentimos ahincadamente infinitas cosas... que no se justifican. Son.
Yo no causaría á nadie el menor daño. Yo sufro cuando por mi culpa sufre alguien. Yo soy capaz de darle á un desgraciado la camisa. Yo he pasado noches horrorosas cuando se suicidó aquel mal bicho inútil de Solano. Yo quiero á mis amigas excelentes—la Palma, la Baronesa, Minia. Yo deploré no acertar á querer mucho, de corazón, á Clara Ayamonte. Todo esto parece bondad, parece altruísmo.—Y sin embargo me deleito en la amoralidad de Espina, como si deshiciese en la boca un fondán muy delicado, sápido á quintaesencias, de gusto desconocido, de perfume que trastorna.
¿Será que, si uno es artista ante todo, puede tener muy buenos instintos, pero nunca tendrá verdadera regla ética para la vida?
En fin, no me devano más los sesos. Lo efectivo es que Espinita me trae y me lleva y me zarandea como se le antoja. Se verifica lo que profetizó Minia: la mujer se apodera de mí, me subyuga—sin que el amor prevenga la excusa dulce.
Porque realmente, ¿ha ocurrido entre Espina y yo algo que lleve sello amoroso? Nada, lo cual es casi ridículo, para mí se entiende, cuando esta señora está siempre aquí, y se pasa las mañanas fumando, tendida en mi diván, confianzuda como en su propia casa.