Valdivia no aparece hasta la tarde. ¡Hago con él, desde luego, migas excelentes! Toda mi prevención se ha desvanecido ante el primer apretón de manos.—Llega difícil de respiro, retocado, peinado, perfumado, con una ropa inglesa que quita el sentido de bien cortada, con esa superioridad de actitud y esa calma algo triste, de buen gusto, señorial, que sólo cría el hábito de vivir en grande. Es liberal y simpático; sabe obsequiar con galantería á las señoras; no habla nunca mal de nadie; no se mete con nadie; no tiene opiniones crudas y acerbas acerca de nada; huele bien; su visible agotamiento y sus quebrantos de salud hacen que se le tolere la insolencia de una fortuna calculada en millones, sólo parcialmente comprometida—dicen—por los fantásticos caprichos de Espinita, á quien igualmente se disculpa, en nuestro país todavía idealista, porque se adivina que no son felicidad sus relaciones con un hombre machucho y dispéptico.—La dicha es lo único que no suele perdonarse.
Espina—voy estudiándola—no me parece tan mala como negativa, inconsistente. Es un ser instable; ondea y culebrea. Sus impresiones son repentinas, transitorias. No la he visto dos días de igual humor. Hay mañanas en que parece sumida en extraordinaria placidez; otras, está abatida, suspira, no responde; otras, cae en un tedio negrohumo; frecuentemente se muestra excitable, cruel, rabiosa; al cuarto de hora, jovialmente achiquillada, con antojos de criatura. Yo soy también bastante veleta; lo malo es que no coincidimos al girar. Entra ella saltando, y me encuentra de murria; me levanto tarareando, de buen talante, y llega Espina reconcentrada, muda, y empieza á fumar con una furia que descubre el estado de sus nervios. Somos dos gatos pelo arriba, dos sistemas nerviosos en conflicto. Saltan chispas, hay electricidad en el aire.
¡Qué suerte no quererla, no importárseme de ella! Se me figura que, en el fondo, esta mujer, tan vertiginosa en sus goces, se aburre hasta la desesperación.
Como el prisionero cavila para evadirse de su cárcel, cavila ella para fugarse del aburrimiento. Llega á mi taller y trae alguna distracción discurrida, ó quiere que se la discurra yo.
—Piense usted... Á ver... ¿Qué haríamos?
La he llevado al Museo, la he llevado á la Academia de Bellas Artes, la he llevado á la ermita de San Antonio. Lo único que noto que le impresiona algo es Goya. La maja desnuda y la maja vestida fuerzan su entusiasmo, y ante esas dos figuras enigmáticas, profundamente perturbadoras, hablamos otra vez del desnudo, hacia el cual reitera su desprecio.
Las etéreas figuras de la Florida la seducen.
—Goya—me dice—es un moderno, un moderno. No lo son muchísimos que pintan ahora, y que por dentro están en el año 60.