Como se cansa pronto, porque ve pronto, hay que variar, y la conduzco á barrios populacheros, á admirar tipos madrileños, á los lavaderos del Manzanares, donde llamamos la atención y nos dicen cosas chulas, desvergüenzas, sobre el tema de que somos “parejita”. Nos creen en escapatoria, y esa opinión deben de compartir las personas conocidas de sociedad que, casualmente, hemos encontrado en nuestros paseos matinales. Esto me va á dar postín. ¡Espinita! ¡Vaya! Sí, tono y mucho tono.

Y la pregunto, con picor de curiosidad indiscreta:

—¿Qué dirá el Sr. Valdivia, si sabe las correrías á que se dedica usted, en lugar de posar para el retrato?

Me mira como sorprendida por una incongruencia y repite:

—¿Valdivia? ¿Valdivia? ¿Mis correrías? ¡Pch!

No añade sílaba más; pero yo bien he adivinado que Valdivia es celoso, y observo que un goce que saborea Espina es hacerle tragar á Valdivia todo el acíbar de los celos. Con uñas de gata feroz, proyectadas fuera de la patita terciopelosa, araña despacio, profundo, este corazón tal vez fatigado de sentir, pero todavía sensible, acaso más sensible que nunca, en el ocaso de un temperamento esencialmente pasional. Bajo su aspecto de vividor distinguido, escéptico, es evidente que persiste el Amadís de antaño. El muro viejo brota alhelíes. Los cincuenta y pico no preservan al desdichado de la infección mortal. Y al mirar al mísero esclavo, me envanezco del sentimiento de detestación que, en el fondo, consagro á Espina y... á las demás, genéricamente.

En cambio, le voy cobrando un cariñazo enorme á Bobita, mi perra. Es una delicia... Ningún chico hace más gracias. La verdad es que me lo destroza todo, que no me deja cosa sana, que mis zapatillas se las trae arrastrando al taller y mis calzoncillos lo propio, que ayer me descacharró un cuenco de Talavera antiguo, que me ha borrado un retrato medio concluído: será preciso remendarlo... Y esto me viene tanto peor cuanto que ahora, con la absorción de la Porcel, casi no hago nada de provecho. Voy á encontrarme mal de fondos, pero muy mal. Mis mañanas me las estropean las excursiones, en compañía de esta señora que me trae al retortero. ¿Á que un día me cuadro? Va siendo el bromazo pesadito.

Lo peor es que no sólo me priva del trabajo, sino que me impone gastos tontos. Siempre que voy por ahí con ella se le antojan porquerías, que al regresar á casa tira con desprecio. Claveles, rosas, piñones, dátiles, macetas de albahaca, naranjas, panderetas, caricaturas de ministros, juguetes ordinarios, ¡hasta una pepona! Así que llegamos al portal, me dice imperiosamente:

—Déle usted al portero ese horror, para sus sobrinos... Ó si no, bótelo usted por la ventana...