¡Esos horrores me cuestan lo que tal vez no tengo!... Son efectivamente baratos, de baratura inverosímil; pero al fin hay que pagarlos, y en una bolsa tan flaca... ¡El castigo de vivir al día!

No contenta con la gracia de las compras, Espina ha dado en la flor de venirse á almorzar conmigo. Los días en que no se encuentra invitada por alguna diplomática, por alguna de sus cremosas amigas, no sabe qué hacerse y aquí se encampa. Unas veces dispone traer de casa de Lhardy platos á la francesa, otras se encapricha por los comistrajos de los muchos figones que en Madrid abundan; pero invariablemente hace gestos á la minuta, declarando que aquí nos envenenan, que esto es infecto, que no concibe cómo tenemos paladar. Y agrega despótica:

—Se viene usted conmigo á París; se viene usted.

Lo poquísimo que come, lo come de través y con la punta de los dientecitos, cogiéndolo con el tenedor, remilgada, de la manera más mona que se puede soñar. Sus manos son perlas peraltadas, gemelas, dignas de un estuche. El más prolijo cuidado se revela en sus uñas, diez pulimentadas ágatas, de un rosa de concha del Mediterráneo, con reflejos brillantes, que hacen resaltar la mate blancura del menudo dedo.

Se las alabo, y responde en tono de tristeza:

—¡Si aquí están horribles! Me falta Madame Denoir, mi manícura de París. La que Lina me ha recomendado y que decía que era un portento, es una imbécil. No sabe bruñir ni tallar. Esa “reina de las hermosas” es poco exigente. No entiende de tocador.

Á pretexto de convencerme de la torpeza de la manícura, cojo la diestra perlina y la retengo, examinándola, cerca de mis ojos. Detallo una por una las sortijas, de incomparable pedrería, de artístico engaste. Las joyas de Espina, lo he notado, son muy ricas, pero el arte en ellas hace olvidar la riqueza. La mano, cautiva en las mías, que se insinúan con hábil presión, no palpita, no se estremece; parece una de esas manos de plata del tesoro de las iglesias, en las cuales lo humano es un hueso inerte, una reliquia.—La memoria de los sentidos me hace evocar las trémulas estrechaduras de Clara, la profunda palpitación de todo su cuerpo al contacto menor. Y suelto, indeciso, la mano ensortijada, hierática. Puedo dar un paso en falso, y como no me enloquece Cupidillo...


Ahora sí que ha sucedido. ¡El diablo cargue con lo que ha sucedido! Porque en vez de satisfacción, ni de engreimiento, ni de alegría de ninguna especie,—lo que experimento es fatiga, hastío, pésimo sabor de boca...