Desde que ocurrió el lance estoy de tal humor, que me rompería la cabeza contra las paredes del estudio.

¡Si los hombres y las mujeres tuviesen sentido común, escarmentarían! Lo mejor que pueden hacer cuando están juntos es prescindir de las tonterías que cometen... no sé por qué: por cariño, por ilusión, no será. Antes vivían en paz... Después, tiene razón Tolstoy, se detestan.

Al menos éste es mi caso. ¿Habrá tantos casos como individuos?

No; el verdadero origen de mi preocupación no he de callarlo... ¿Á qué disimular ante yo mismo? Es una aprensión ridícula, es que siento... vulgares remordimientos de haber engañado á Valdivia, y bochorno de las circunstancias en que se ha verificado el engaño. Lo que yo hice no se hace, ¡no hay perversión, no hay decadentismo que valga! Lo que yo hice es vil, y no puedo borrar, ni reparar, ni decirle á este hombre, como le dije á Churumbela:

—Pégame...

Si se lo dijese, es verosímil que me contestase cual la pobre gitana:

—Pa no matarte, desalmao, no te toco...

No me sirve de descargo acusarle á ella de haber preparado la ignominia. En Espina eso es natural; no se burlaría poco de mí, con su chispeadora burla, si la dijese: “¿Sabe usted? Me acusa mi conciencia”. ¡Conciencia, lealtad, sentido de lo infame!—No, lo que es este secreto me lo guardo. Porque si algo me ha llevado hacia Espina, fué el diabólico afán de probarla que soy más indiferente á lo bueno y más inteligente para lo bello que ella y que toda su casta.

Llegó, pues, esta criatura infernal á mi estudio, bastante temprano, hecha un sol. Antes me había enviado una carga de flores y un billete. “Colóquelas usted; repártalas en cada rincón”. Engalané el estudio, el comedorcito, mi alcoba, el pasillo y, sobre todo, el tocador donde Espina se viste. Eran magníficas rosas, de estas que en Junio empiezan á escasear en Madrid,—pero todo se consigue tirando dinero.—Me pareció no haber visto nunca, ni en Alborada, rosas como aquéllas, tan satinadas, tan tersas, tan suavemente húmedas, tan bien acapulladas, tan vírgenes. Y, en un relámpago, concebí el retrato de Espina—el que había de llevarse ella á París,—como anhelaba: algo nuevo, inusitado, sin perlas, sin moños, sin arrequives, sencillamente nubado de tules blancos, vestido de un manojo de rosas, de las cuales surgiese el busto de la mujer, entre gloria primaveral.

Inspirado, y sin esperar la llegada del modelo, empecé el bosquejo de memoria, sólo para fijar la radiante visión y aprovechar el momento en que no habían principiado á languidecer las divinas, las fragantísimas rosas.