Al entrar la Porcel, antes de hablarme, cerró con llave la puerta del taller que comunica con el pasillo, y me dijo en voz tranquila, fina y como infantil:

—No tengo gana de que nadie nos interrumpa.

La miré sin comprender, absorto en mi boceto.

—¿Qué va á pensar el criado?—fué la simpleza que solté por fin.

—Yo siempre ignoro que existen criados; para mí no son personas—contestó encogiéndose de hombros.

Se acercó al caballete, y en sus ojos de venturina, de siempre contraída pupila, advertí una luz de júbilo. Prorrumpió en exclamaciones. Era encantador, era una idea; en París arrebataría. ¡Qué delicia exponerlo en su casa! Inmediatamente, es decir, por la tarde, traería una pieza de tul blanco, y la arrugaríamos los dos á ver quién lo hacía de un modo más artístico...

—La rosa, con todo, es flor algo trivial...—murmuró.—Orquídeas debieran ser. Pero acaso no se presten. El efecto no sería el mismo.—Y, con cierta ansiedad, añadió:—Supongo que aunque el pastel de la Dumbría tampoco tiene cuerpo, no es sino gasas, el mío no se le parecerá, no repetirá aquél. Dicen que es el mejor retrato de usted, y que los de Lina Moros, hechos con tanta prolijidad, no pueden comparársele.

—¿Qué sé yo?—respondí.—Es difícil dar el premio en concurso. Yo deseo que el de usted salga admirable...

Ella, arrimándose, se pegó tanto á mí, que percibí su aliento, no perfumado por la naturaleza, que pocos alientos perfuma, sino por elixires y mascadijos muy delicados, en una boca tan cuidada ó más que las agatinas uñas. Su respiración se espació sobre mis mejillas, con revuelo sutil de mariposa, y su brazo derecho desquició violentamente mi cabeza, inclinándola hacia sí, mientras la mano perlina me revolvía los mechones de pelo y me arañaba con las sortijas la frente. El nevimaterno ó antojo que tengo cerca de la sien la extrañó, y sopló con cierta repugnancia.

—¡Puah!