Á renglón seguido, con el infantilismo que exterioriza sus sensaciones, clamó regocijada:
—Y no es ilusión; se parece mucho á Van Dick.
Después—al darme yo cuenta de lo que todo aquello forzosamente envolvía,—buen cuidado tuve de evitar demostraciones pasionales, que podían convertir en mofa su benevolencia. Silencioso, como jugando, me apoderé de la presa. Para ensayar el retrato la envolví en rosas, que deshojábamos magullándolas, y que se morían en el ambiente caluroso del taller, en el cual las grandes vidrieras, á pesar de las cortinas moderadoras, derramaban chorros filtrados de sol. El silencio pesado de la mañana de Junio era perceptible, y sugería aislamiento, soledad, libertad secreta. En la casa parecía no rebullir ni una mosca. Bobita dormía hecha un ovillo. No había sonado ni una vez la campanilla de la puerta.—De pronto sonó; me incorporé pavorido. Ella se puso en pie igualmente, y me dijo, en voz susurradora:
—Nada de abrir sin saber á quién.
Me acerqué á la puerta del taller y oí andar en el pasillo, el característico ruge-ruge de la faldamenta femenina. Espina puso un dedo sobre los labios. Desde afuera, gritó la voz de Lina Moros:
—¡Lago! ¡Lago! ¿Puedo entrar? Me ha dado cita aquí Espina Porcel, para que vea cómo adelanta su retrato... ¿Está usted solo?
Espina hizo seña de que ella abriría—y tardó, aparentando torpeza ó malagana.—Lina, al entrar, se comió la partida inmediatamente. Había que ver fulgurar sus negros ojos.
—Hija, si no te arreglaba que viniese, pudiste no citarme aquí...